Un siglo de instantes

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Gabriel García Márquez cumple cuatro años de los primeros cien de eternidad que se ganó a tinta. Para celebrarlo, es obligación de cada primavera procurar el nacimiento del próximo lector de su universo en cuentos, crónicas, guiones y novelas; sobre todo, contagiar al recién llegado la aventura inmarcesible de una novela que se llamaba La casa hasta que en su último párrafo apareció la condena de Cien años de soledad que tatúa a los habitantes de Macondo, lectores incluidos, en una neblina inevitable que se llama felicidad (con todo y tristezas).

El Equilibrista, fina y entrañable editorial, presenta ahora en Bogotá una coedición con la Universidad de Guadalajara y el Ministerio de Cultura de Colombia con el título A cincuenta años de Cien años de soledad. Contexto, correspondencia y recepción. Se trata de un libro ejemplar, antologado minuciosamente por David Medina Portillo y prologado por Elena Poniatowska, que reúne un luminoso cartel de colaboradores: Plinio Apuleyo Mendoza, Carlos Fuentes, Gerald Martin, Jomí García Ascot, Mario Vargas Llosa, Emmanuel Carballo, Álvaro Mutis, José Emilio Pacheco, Juan Villoro, Rosa Beltrán, Christopher Domínguez Michael y Carlos Monsiváis, entre otros.

Es una celebración y un testimonio, un panóptico de opiniones en torno a una obra maestra y un álbum de familia con fotografías nunca vistas de una época feliz en la que el mundo dejó de ser lo que era y se convertía —con la eñe de por medio— en el páramo feliz donde un hilo de sangre recorre el polvo de la única calle larga de un pueblo fantasma, dobla a la izquierda y se asoma por la cocina de una casa de cañabrava donde una mujer presiente el instante en que ha muerto su amante. De instantes sabía Gabo, como en el prodigioso miligramo de tiempo en que iba al volante de un coche con rumbo a Acapulco, y sus hijos fueron testigos del instante en que pronunció la primera frase de una novela que habría de llevarlos a Estocolmo. El momento en que los primeros pobladores de Macondo se encuentran en el primer párrafo con la armadura oxidada de un tal Alonso Quijano o Quezada, conocido como El Bueno en La Mancha, y el momento del último párrafo que le cambió de título al delirio donde caben todas las crónicas periodísticas y todos los cuentos y todas las demás novelas de un hombre bueno que amó a su mujer a primera vista, y abrazó a sus hijos en las miradas de sus nietos, y que nunca negó una firma en los miles de ejemplares que se le acercaban como lluvia de pétalos o parvada de mariposas que le seguían la sombra ocre a un hombre que vio volar a la mujer más bella del mundo desde la azotea donde tendía sábanas blancas, y en el arroyo se siguen bañando siete niños morenos con cola de cerdo a la espera de que se asome entre la maleza el gigante Melquiades, que lleva imanes en la bolsa y una brújula que dirige la voluntad necia de José Arcadio, convencido de que el mundo es tan redondo como una naranja mientras se encierra en la trastienda de su vida a derretir pececitos de colores para hipnotizar a los indios greñudos que hablan el idioma secreto de las piedras que parecen huevos prehistóricos en el paisaje de papel y palabras de Gabriel José de la Concordia García Márquez, que nació en un marzo a las nueve de la mañana y se volvió escritor en el instante en el que le dio por narrar la vida en derredor, el color de las palabras, el ánimo del paisaje, la memoria de los muertos, los amores contrariados, las verdades ocultas, la cal de las paredes, la cara de una belleza, el pétalo de un olvido, el latido de las ausencias, la presencia de lo inverosímil y lo palpable invisible con todos los instantes que fue sumando en un refugio como cueva donde solo se asomaba él para hablar con las yemas de los dedos sobre la máquina de escribir por donde fueron floreciendo los tambaches de hojas enletradas de ilusión mágica que luego Mercedes y él pusieron en el correo como botella al mar de una editorial en Buenos Aires, sin fijarse en que solo enviaban la mitad final de esa novela inconmensurable que terminó por completarse en una primera edición donde un galeón queda varado en medio de la selva, y luego la portada de Vicente Rojo que hoy vuelve a interpretar las grecas de todos los instantes que conforman el milagro con el que celebramos la elevada literatura de un hombre que supo enseñarnos que los instantes duran un siglo… o más.

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