Treinta años es nada

quijote-cervantesEse que camina a más de una cuadra de distancia; el que cree que se adelanta porque lleva cincuenta kilos de menos y la cabellera suelta sin canas. Ese que recién acaba de llegar a Madrid con treinta años de menos y por delante un porvenir, cree que sobre las teclas de una azarosa máquina de escribir ha de cuajar los cuentos que le justifiquen una vida y sin embargo, lleva en la espuerta la callada vergüenza de jamás haber leído el Quijote de Cervantes. De encontrarte de frente con el autor en alguno de los callejones del Barrio de las Letras, ¿con qué cara le dirías que sólo conoces su inmensa historia jamás contada por caricaturas y Cantinflas?

Así que prometí leer esa novela en sus dos partes cada año, cada mes de abril y ahora que se cumplen tres décadas de una promesa que se pactó con Carlos Fuentes en una conversación ya congelada en la memoria, cuando él aseguraba que lo mismo hacía él y que lo había aprendido de un tal William Faulkner. Así que para aumento de mi honra y como buen servicio para la república de quienes se hacen caballeros andantes y santos batalladores de dragones, este año de las tres décadas, ya con el juicio rematado he venido a dar con el más estraño pensamiento posible para loco en el mundo y he decidido leer la infinita novela en dos partes de Miguel de Cervantes Saavedra no en papel, sino en pantalla.

No traiciono al papel ni a una sola de las varias ediciones que he ido subrayando a lo largo de estos treinta años y sí, sin embargo, he leído ahora cada página en pantalla (hasta poco más de la mitad, con el afán de terminar al finalizar el mes de abril, como cada abril) con otros o los mismos subrayados, pero en colores y con las definiciones e incluso etimologías de palabras, términos, locuciones y locuacidades al roce de la yema de mis dedos. A cada paso de la pantalla me entero de cuántos minutos tardaría un mortal en llegar al final de cada capítulo y lo que le falta a la novela entera y si quiero, brinco al mapa y veo con líneas punteadas la ruta exacta por donde cada lector va acompañando al Caballero de la Triste Figura y su infalible escudero entrañable por los paisajes de la mancha que fue de tinta.

Que si extraño el papel como pergamino, vuelvo al otoño de las hojas amarillentas en las madrugadas, mientras que de día y en cualquier sosiego que se preste llevo la inmensa novela y otros trescientos libros en la tabula rasa de cera que el propio Don Quijote se encontró en una mochila olvidada en la sierra y confirmo que más allá de la plataforma la magia de Cervantes está en el habla y la grandeza de la novela en la serie de cuentos que la conforman; confirmo que la historia es intemporal y renovadora y que ya no soy el mismo que la leyó con prisa cuando todo parecía de plastilina y la cabellera no llevaba canas.

No es aniversario de su autor ni de la más grande historia jamás imaginada, pero es conmemoración personal volver a deambular por las calles de sus sombras y confirmar que de lejos, basta un poco de calor y de desvelos, para que todo molino parezca gigante sin cabeza, ogro incontenible, ruido del mundo alrededor de un libro cuyos pétalos se van abriendo al vuelo con la secreta seguridad de que el mundo es mejor cada vez que alguien se deja perder en la trayectoria callada llena de tantas voces y música de paisajes donde se debate la imagen de un loco sabio y su racional acompañante iletrado que son espejo de las mismas tribulaciones y pendencias que llevaba enredada en las piernas el joven que hace treinta años llegaba a Madrid con una ya vieja máquina de escribir en la mochila sin imaginar que él mismo le intentaría seguir los pasos, ya canoso y con más de cincuenta kilos encima, al paso de unos párrafos que no se han movido de la mirada intacta.

De eso se trata. De que una y todas las novelas que le caben a una vida nos ayuden a comprender las muchas vidas que se llevan encima por culpa precisamente de la novela que se lee en el instante mismo en que la escribe el autor desde la neblina intocable de su grandeza sin tiempo. De que una novela en papel o pantalla se convierte en espejo fidedigno de cada una de las almas que contienen sus palabras y el rostro intacto aunque cambiante de quien abre el cristal como una ventana encuadernada en las manos y eso, lo juro, sí que se lo digo directamente a la cara al autor inmortal que parece ir charlando allá adelante con el joven escritor en ciernes que en algún ayer sentí que fui.

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