Tras el Muro

Tras el Muro

Detrás del Muro del odio y la cerrazón, la valla del callado racismo hipócrita y la barda de la engañosa felicidad de las barras y las estrellas, acá atrás sobrevive el país de las nubes que se fotografiaban en el cine de blanco y negro, la generosa tierra de colores ocres, de la selva al desierto, de los llanos que se queman por el oro enterrado y las olas que esconden petróleo, todas las frutas posibles del negro al naranja pasando por la lluvia de verdes que vuelan o se exprimen.

Detrás del Muro sobreviven cincuenta millones de pobres que jamás han comido carne, las miles de vacas flacas, las hectáreas en desahucio, los niños que se lavan la cara para ir a la escuela que siempre queda a quince kilómetros, las mujeres que multiplican los centavos, los hombres que quisieran mentarle la madre a quienes pagan sueldos como si fueran limosnas, los jóvenes que sueñan con tener un título que por lo menos los coloque como taxistas en la ciudad más grande del mundo, los dentistas que ya no saben como definir al escorbuto del hambre y la desesperación.

Tras el Muro se esconden los que fingen robar pantallas planas y los que se las roban de veras, los que no piensan en los demás y los que lloran en la carretera bloqueada, los que queman cuetes a riesgo de cometer un atentado pirotécnico y los que cantan a solas en la neblina ominosa de la borrachera constante.

Tras el Muro irracional, el imperio del surrealismo y los contrasentidos inexplicables, los millones de habitantes que dejaron de ser morenos hace varias generaciones y vacacionan esquiando en la blanca nieve que encuentran porque sobrevuelan el Muro como si no existiera. Tras el Muro, ciudades con edificios altos de cristales como espejos que intentan clonar las torres que se asoman al otro lado, en la opulencia feroz de la abundancia que depende en realidad de los millones de esclavos potenciales y generacionales que nutrimos y engrasamos la maquinaria de sus intimidaciones.

Tras el Muro las finanzas del simulacro para maquillar los miles de millones de dólares que han robado impunemente los gobernadores de carcajada batiente, los plagiarios de pacotilla siempre tan bien peinados, como las ondulantes corbatas de nudo ancho y el charolazo de los zapatos que nunca se enfangan con la verborrea que transpira tanta mentira, tanto abuso… tanta rabia que nada tiene que ver con la obstinada devoción en silencio de los millones que siguen esperando el milagro que baje del cerro, del manto de las estrellas que arropa incluso a los incrédulos.

Tras el Muro, las mantas de todas las protestas y los nombres de todos los desaparecidos, las lápidas de los muertos, las flores anaranjadas de la muerte y las bugamvilias moradas que parecen pintadas al pastel sobre un lienzo inmaculado de la conciencia de millones de mexicanos que nada tienen que ver con los cálculos equivocados de los economistas y los cochupos constantes de los empresarios, los millones de niños que siguen soñando el balón tricolor de los héroes de antaño, los que creen en el esfuerzo de un solo individuo capaz de callarle la boca a una pistola con las palabras de la mínima bondad, y los miles de confundidos energúmenos que solo sueñan con las cadenas de oro y los automóviles de lujo, los viajes sin sentido y las mujeres clonadas del hombre que es casi el más rico del mundo ahora glorificado como el hombre casi más poderoso del mundo cuyos mejores socios comerciales, mejores socios empresariales, mejores cómplices fiscales, mejores anfitriones posibles, mejores aduladores y sus mejores discípulos en la oprobiosa teoría de las ganancias se encuentran precisamente parapetados tras el Muro, felices por el nuevo amanecer que llaman retos, oportunidades y coyunturas donde han de seguir saliendo ganando solo ellos, mientras una inmensa mayoría en ebullición permanece a la sombra del Muro saboreando en la imaginación las muchas maravillosas maneras, las miles de canciones, el montón de nubes, los cerros de piedras, las muchas páginas, los pocos versos, los cuadros al óleo, la danza innata y la magia de las palabras con las que algún día, no lejano, hemos precisamente de derribarlo.

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