Tipo de tipografía

tipografiaAbsorto en la lectura del periódico, el hombrecillo busca verdades en el mar de las mentiras. Viaja en silencio, arranca de mañana con el primer diario del día y navega hacia la tarde entre los párrafos apretados de un tabloide incondicional; remata por la noche con la revisión del pasquín que otea por compromiso y cierra sus días con la confirmación silenciosa de que hay días en que parece que no pasa nada, habiendo recorrido todas las geografías en la insondable gelatina de las novedades que fardan los demás, los hallazgos meritorios, los premios incuestionables, las caras de los triunfadores ocasionales y las despedidas, las irremediables despedidas de los inmortales.

Es un tipo de tipografía, un hombre de tinta y libros que cree encontrarle el secreto sentido a su vida en los avisos que publican los periódicos, en las noticias que merecen ocho columnas y no necesariamente en los lánguidos ensayos largos que ahora aprovechan la llanura electrónica para salirse de los portales y volverse pergaminos de 80 folios. Es un tipo que lee lo que vio para ver si miró lo que cree que vio o que lee lo que se escucha en la calle para saber si sintoniza con las voces que le pueblan los silencios; es un rojo alarmista de los antiguos signos de admiración y un vetusto amarillento de los chismes capaces de engendrar una guerra en algún lugar del mar Caribe; es un tipo con subtítulos de cierta formación académica y referencias cruzadas entre los diversos empleos donde ha rastreado su soledad. Es un tipo enterado según los contertulios que dependen de sus comentarios para amenizar la ronda del dominó en las cantinas y el entendido de los sobreentendidos que enredan la maraña de los vecinos de su hogar.

Es un tipográfico habitante de la realidad que quizá fue tipógrafo en alguna imprenta antigua y que hubiera deseado que se retrasara el imperio de las computadoras y se prolongase por lo menos dos décadas la extinción de las máquinas de escribir, con listones bicolores y campanita al final de cada línea. Obnubilado por los progresos, el tipo de tipografía lee los periódicos con anhelos de volver en el tiempo y negar la llegada de las modernidades que todo lo aceleran, y eso fomenta en sus dioptrías una serena confusión de expectativas porque lee las noticias de los diferentes diarios con la ilusión encendida de que su experiencia ha de iluminar la solución a todos los problemas y, al mismo tiempo, lee sin saber a ciencia cierta si hay voluntad o criterio capaz de salvar la interminable cadena de los horrores que nublan el paisaje ya totalmente transformado de lo que llaman Patria y, en su confusión, mescolanza de dioptrías, el hombrecillo es un lector que desea el descubrimiento de algo insólito como explicación para lo inverificable, una pócima incuestionable que aliente la conquista de lo inverosímil, un placebo que amaine el ruido y sea la partitura de una pequeña callada sinfonía que ilumine las sombras y acompañe el decurso de su días.

Convencido de la narración sin ficción que encuentra en los periódicos que atesora, el hombrecillo reniega de los cuentos y fantasías que suelen volar en las secciones literarias y se concentra en los hechos, contantes y sonantes, entrecruzando las variadas versiones que establecen el rasero donde se divide lo que realmente pasó de lo que dicen que pasó y de lo que jamás ocurrió en un ejercicio personal y cotidiano de corroborar si las notas de su prensa cumplen con el encargo invisible y tácito de informarle al lector sobre quién, cómo, dónde, cuándo, para qué e incluso por qué sucedió lo que sucede.

Abre las páginas anchas como si fueran ventana y descubre un día sí, y otro también, que en realidad abre un espejo donde se refleja su rostro, cambiante, asomado entre las persianas de cada una de las líneas impresas, con todo y recuadros de publicidad o fotografías aleatorias donde reconoce intacta la cara que llevaba en décadas pasadas, la vida que se le fue leyendo entre papeles que sirvieron para envolver sus vasos en las mudanzas y educar a la mascota que ya se le murió hace un tiempo. En el diario encuentra el gesto que mantiene todos los meses que se le han vuelto años… y por ende, la biografía compartida de un ramo de ilusiones quebradas donde de vez en cuando, en la última página que sirve para desdoblarse bajo la lluvia, aparece el milagro de lo inesperado.

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