Sudor de Cibeles

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En un ayer afortunadamente remoto, de autobuses sin aire acondicionado y mucho olor a sudor rancio, creí reconocer entre los pasajeros a Don Francisco Ayala. Creí que mi admiración –y el hedor pegajoso—provocaban el espejismo, pero al ver que bajaba en Cibeles, lo seguí a quién sabe cuántos grados de calor hasta que se perdió por una callecita cercana al Círculo de Bellas Artes de la calle de Alcalá. Sin autógrafo que lo probara (y en esa época en que era impensable andar por las calles con teléfono y mucho menos que tuvieran cámara para necias selfies) no hubo nadie que me creyera la anécdota cuando intenté presumirla al día siguiente en alguna de las aulas-sauna de la Complutense, pero a partir de ese día absolutamente todo lo que leí del centenario autor admirado se volvió más entrañable y memorable, sabiéndolo pensante paseante de vitalidad… inalcanzable.

Ahora que la ola de golpes de calor ha recordado a Madrid que todo mes de julio no es más que el homenaje al César, de joven y bronceado por el Sol, recorro todas las líneas de autobús como travesías de aventurero, en realidad por alivio de obesidades, canas y para celebración del aire helado que ahora sale por sus entrañas. Sin embargo, puedo jurar ante un librero como retablo poblado por todos los santos autores de la gran literatura universal que en días pasados vi nítidamente cómo la diosa Cibeles se sacudía el sudor de cemento grisáceo, sin mover un ápice su postura intemporal; los leones ni se inmutaron, quizá porque hay un constante chorro de agua que les refresca los lomos, pero a mí se me figura que era ya tan intensa la quemazón del calorón que la diosa simplemente ya no aguantó y creyendo que nadie la miraba, sacudió la cabeza (sin despeinarse el chongo perfecto). Así son todas, por lo menos conmigo.

A Joaquín Sabina, a la sombra de un león, y a algún taxista despistado les consta que los sonámbulos enamorados de Cibeles, desfacen entuertos con pluma en ristre, y tricornio de papel periódico. Son los que compran lotería con Manolita, los que bailan con estatuas hablando a solas en olas de calor, atentos a los mínimos instantes que nadie más logra ver porque son pequeños milagros anónimos que justifican el bochorno de intentar a cada párrafo mantener la cabeza fría entre tanto inconforme intransigente, político potencial o magnánimo mangante que sólo quieren calentarnos la cabeza.

Leer en El País

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