Strawberry Fields

strawberry-fieldsEn una brevísima novela inconclusa, Joseph Roth describe, bajo el título simple de Fresas (Acantilado, 2017), los paisajes y personajes de una Europa al filo del abismo; la excelente traducción de Berta Vías Mahou permite desgranar las sílabas de esta historia que parece simple, la voz de un hombre que es cualquiera de nosotros, que narra las pendencias y tribulaciones, los horarios huecos y las caras en sepia de un poblado que podría localizarse cerca de Irapuato, aunque sabemos que estuvo en Europa, pintado en todos sus costados por el infinito olor de las fresas. Una fresa borrosa, que ha sobrevivido en el tiempo, con el paso del polvo y de la pólvora, llega a los labios del lector para que vaya hilando, palabra por palabra, las cuitas cortas del chisme pueblerino, las casitas aún sin bombardear y los jóvenes que todavía no saben que han de sufrir en regimientos de huesos sueltos y sangrientos.

En alguno de los serenos párrafos de Fresas el narrador informa: “Mis siete hermanos abandonaron la casa y la ciudad en la que nacimos. Uno se hizo boxeador en América. El segundo, trabajador del puerto de Odesa. El tercero se fue con los soldados. Cayó. El cuarto entró a trabajar con un herrero en una aldea. El quinto se marchó a Petersburgo. Fabricaba bombas y ha debido morir en una explosión. Al sexto lo ejecutaron en 1917 de acuerdo con la ley marcial. El séptimo es mecánico dentista en México. Se llama Gabriel, se ha casado y me escribe dos veces al año”.

Emociona imaginar que un personaje inventado por Joseph Roth tuviera un hermano exiliado en México, de profesión mecánico dentista, llamado Gabriel, y que (según deseamos con nuestra lectura) haya procreado una noble prole entre cuyos descendientes hay alguno que lee estas líneas. De ser el caso, espero que me confirmen que los hijos de Gabriel el dentista, personaje de ficción pura, también fueron siete: uno que se dedica al cultivo de la fresa en Irapuato y jugó de defensa en sus mocedades con la Unión de Curtidores, de León, Guanajuato; luego, el abogado que se especializó en divorcios y murió en la carretera de San Felipe Torresmochas, seguido por Rubén —luchador con máscara que mató en el ring al Electrodo de Zamora (por lo cual purgó condena quién sabe dónde). Cierran la camada Jacinto (párroco en Pénjamo), José (perdido desde 1947), Celestino, maestro rural en la sierra de Michoacán, y el benjamín: Benjamín (banderillero al servicio de no pocas figuras del toreo hasta que murió en las astas de un toro en Colima).

De confirmarse este árbol de genealogía insinuada por Joseph Roth, las fresas borrosas del amargo sabor de la melancolía decoran la naturaleza muerta al óleo de siete descendientes de una idéntica familia centroeuropea que quedó eternizada en tinta por un autor que vivió en habitaciones de hotel, escribiendo crónicas cotidianas, cartas interminables, novelas entrañables y en total miles de papeles dispersos que no terminan los expertos de revisar con fervor.

Me gusta imaginar que algún descendiente del mecánico dentista llamado Gabriel, quien fuera hermano de un personaje inventado por Joseph Roth en Fresas, es hoy el joven distraído que adquiere el breve ejemplar de la novela sin saber que en una línea anónima se cifra el secreto biográfico de un abuelo que solo ha conocido en una vieja fotografía de estudio, chaleco y bigotillo retocados por la pátina de un silencio donde se conjugan las mejores prosas con la vida misma como paisaje de bolsillo, páramo soñado de palabras pendientes que se van murmurando en la boca de un lector que las comparte en la banca de un parque para enamorar a la musa y simular que, así pasen los siglos, hay un remanso de la memoria que une a los pueblos del mundo entero, sin importar el tiempo ni los climas; un bosque de infancia intacta que permite oler a otoño en plena primavera o palpar la mejilla impalpable de un niño que hace tiempo se convirtió en adulto frente al espejo de las palabras impresas que forman líneas de un oscurecido verde, donde alguien ha sembrado puñados como racimos de pequeñas frutas milagrosas, de rojo sangre, moteadas con puntitos negros… suspensivos para que la noche huela a fresa y nunca olvides que soñar, en realidad, no cuesta nada.

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