Sospechosos

sospechosos

Marrón se apeó del coche y caminó como soldadito de plomo, sin saber que lo observábamos; Frau Fucsia lo saludó con dos besos y tomada de su brazo, lo encaminó al café donde los esperada el Negro. Los tres pidieron café con leche y parecía que entraban directamente en materia, sin sospechar que el camarero traía un micrófono oculto con el que se grabó el plan: los tres ingresarían en la joyería y fingirían buscar un anillo de compromiso (Fucsia y Marrón en el papel de tortolitos y el Negro, futuro suegro). La agencia no contaba con la traición del Azul (vestido de camarero y alambrado con el micrófono), quien transcribió en la cocina las precisas instrucciones para que Verde se adelantara a la joyería, liquidara a los dueños y esperara pacientemente la llegada de Fucsia, Marrón y el Negro, quienes se toparían con el asesinato del joyero Gris, las vitrinas vacías y un regadero de cristales rotos.

El Verde salió por la puerta trasera de la joyería y bajó las escaleras de la boca del Metro con la bolsa deportiva cargada de joyas anónimas, misma que intercambió casi imperceptiblemente con Rosa, quien avanzó hacia el andén fingiendo hablar por el móvil con Lila. Siete estaciones de recorrido, ligera adrenalina más o menos sosegada con el simulacro del maquillaje y Rosa salió en Sol con la determinación de una ejecutiva de altos vuelos: llevaba la bolsa deportiva colgada al hombro como quien viene del gimnasio y realizó la entrega en la puerta de una tienda tradicional de abanicos y paraguas, donde esperaba Morado (corbata a tono con su apellido, chaleco y saco en tweed, zapatos con hoyitos en el empeine y la clásica gabardina que siempre queda mejor en blanco y negro).

Morado había aparcado el vehículo en un lote subterráneo cercano a la Plaza del Carmen y según las cámaras de vigilancia, guardó la bolsa con las joyas en el maletero y se dirigió caminando con prisa a la caseta donde intentó pagar el parking. Allí fue interpelado por Rojo y su mujer, Naranja, quienes aparentaban alegría; intentaron ponerse al día con una conversación insulsa, sin que se notara impaciencia alguna por parte de Morado, quien finalmente logró pagar el parking, sacar el coche y dirigirse al punto de reunión donde se encontró con Azul y Verde.

Treinta y dos minutos después, Morado, Azul y Verde se reunían con Rosa y Lila en la estación de trenes de Atocha con la intención de abordar el AVE a Sevilla (aunque pretendían cortar el trayecto en Ciudad Real)… y fue entonces, al cambiar de página, que el autor de esta fallida novelita policíaca decidió levantar la pluma del papel y seguir su recorrido azaroso de todos los días donde parece que todos somos sospechosos.

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