Sonrisa intemporal

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Envidia. Sobre todo era envidia lo que conllevaba la admiración por la obra de Ignacio Padilla, cuya muerte tan joven nos deja con un vacío multiplicado de tristezas. Habiendo ganado tanto (en números crecientes de lectores, en premios literarios y prestigio), Nacho tenía aún tanto por dar, y quedan dolorosamente pendientes todos los libros con los que dábamos por hecho su vejez. Aunque la presencia de su literatura está garantizada, no sólo por la elevada calidad de su prosa y las chispas de su ingenio incandescente, sino también por la variedad de géneros que conquistó: era un autor de libros para niños de más de una generación y de tiempos por venir, era un cuentista consumado, y un novelista con al menos una obra maestra donde, como Borges, confirma que la eternidad es el instante leve que transcurre sobre el silencio de un tablero de ajedrez, sobre un tren que atraviesa la niebla del tiempo o en la sonrisa que siempre llevaba en el rostro Ignacio Padilla. Saludaba sonriendo con esa gracia que empieza por los ojos y la mirada poco a poco se volvía palabra; leía en voz alta con entonaciones y gestos que mantenían su boca en media luna, e incluso callado y oyente, Nacho parecía sonreír.

Confieso la envidia que destila la admiración que le profeso sabiendo que no todos los escritores aceptarán en público reconocerla. Padilla, el que ganó con un cuento el Premio Nacional de las Juventudes Alfonso Reyes en 1989, el Premio Nacional Juan Rulfo para Primera Novela en 1994, el Premio Internacional Primavera de Novela en 2000, el Premio Mazatlán de Literatura en 2007, muchos otros reconocimientos, y no pocos miles de lectores. Padilla, amigo de sus amigos, que juntos lanzaron la campanilla como despertador para un país en desesperada búsqueda, o reencuentro con sus lectores. Padilla, el ensayista ingenioso y vivaz, constante promotor de la lectura y agudo cervantista de renovadas lecturas múltiples alrededor del Quijote. Ignacio Padilla, nacido en 1968, que no llegó a cumplir el medio siglo de vida, y que deja en cada párrafo y en el conjunto de sus páginas su sonrisa ya intemporal.

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