Sonrisa de estatua

manoleteSe cumplen cien años de que nació en Córdoba un tal Manuel Rodríguez Manolete , quien —en un mundo en blanco y negro— paraba los relojes a su paso, electrizaba los tendidos enloquecidos de las plazas con sus pases y encarnaba en cada poro de su piel el aura indescifrable del héroe trágico. Abundan fotografías, películas, versos, párrafos, óleos, esculturas y evocaciones… y en casi todas aparece serio, estatua de piel y huesos que murió en Linares, partidas la femoral y el alma por las astas del toro Islero de la ganadería de Miura. Serio hasta cuando sonríe levemente, aunque se le ve abiertamente feliz en muchos de los momentos que vivió en México al lado de su amor, Lupe Sino, bella musa que en España era mal vista por roja, o cantando al lado de su compadre Silverio Pérez en Texcoco, o bajo las gafas de piloto que compartía con Carlos Arruza… o al arrancar a dar la primera vuelta al ruedo en el viejo Toreo de la Condesa, con el rabo de un toro que ha quedado en la memoria de tantos que dicen haber visto en vivo esa faena que, de ser cierto, entonces la plaza tendría un cupo para más o menos un millón de testigos.

A un siglo de que naciera Manolete me pregunto de qué se ríe hoy en el etéreo: ¿será que se burla de la pequeñez de los bureles y las figuras de hoy en día? ¿Será que sonríe por la estulticia e ignorancia de los millones de tuiteros que ahora creen saber de todo, incluso de toros? ¿Será que sonríe de que uno puede viajar por Europa, de país en país (menos Inglaterra) sin el salvoconducto de un pasaporte, tal como sucedía cuándo él nació, antes de las grandes guerras que tiñeron de pólvora el paisaje de un mundo en blanco y negro donde se lidiaban toros bravos con la intención fugaz de evadir sus embestidas no como burlas de cómico, sino como estatuas inamovibles que en ello les iba la vida?

Dicen que a Silverio Pérez se le ocurrió ver a los toros que tenía que lidiar en Madrid en los corrales de La Venta de El Batán, en la Casa de Campo de Madrid, y que al comprobar que se trataba de una camada de auténticos rinocerontes buscó evadir el compromiso a cómo diera lugar. Se consiguió un parte médico (falso)
donde se afirmaba que Silverio veía doble y que le era imposible salir al ruedo. Salvado de la cárcel por incumplimiento de contrato, el diestro de Texcoco se embarcó en un tren a Lisboa y de allí, vuelta a México donde —gracias a los cables— ya había corrido la noticia de su rarísimo mal ocular.

Pocos días después de llegar, Silverio acudió a una tienta en la ganadería de San Mateo, con la presencia de Manolete, Arruza, El Soldado… el trío Calaveras e incluso Cantinflas. En San Mateo acostumbraban servir unos deliciosos taquitos dorados de aperitivo, luego de la tienta y antes de pasar al comedor… Dicen que quedaba un taquito en el plato y que Silverio se animó a sacar la mano del pantalón con ganas de pergeñar el último cuando se le adelantó Cantinflas, quien dijo: “Usted que ve doble… agarre el otro”. De eso… de todo lo que va envuelto en eso, sonreía Manolete y es muy probable que lo siga haciendo, riéndose a carcajadas.

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