Sombra por la calle Huertas

Según se describe a sí mismo en tinta, este que vemos aquí de cabello castaño, rostro aguileño, frente desembarazada y lisa, de ojo alegre y nariz corva aunque bien proporcionada. Dice él mismo tener las barbas de plata, que no ha veinte años que fueron de oro; los bigotes grandes, la boca pequeña, los dientes ni menudos ni crecidos porque no tiene sino seis y esos mal acondicionados y peor puestos, porque no tienen correspondencia los unos con los otros. Agrega que tiene el cuerpo entre dos extremos, ni grande ni pequeño; la color viva, antes blanca que morena; algo cargado de espaldas y no muy ligero de pies. Éste digo que es el rostro del autor de La Galatea y de Don Quijote de la Mancha, y del que hizo el Viaje del Parnaso, a imitación de un tal César Caporal Perusino, y otras obras que andan por ahí descarriadas y quizá sin el nombre de su dueño, llamado comúnmente Miguel de Cervantes Saavedra y en los pocos documentos autógrafos que se conservan firma su apellido como Cerbantes.

Otro escritor, vecino de su barrio, que lo conoce de intercambiar saludos ocasionales, mas no como amigo, se burla a menudo de que el retratado frecuenta tertulias y mentideros, mas escribe en una carta que leyó unos versos en una academia con unos anteojos de Zerbantes que parecían güevos estrellados, mal hechos. Para más señas particulares, el propio Cervantes declara que perdió en la batalla naval de Lepanto la mano izquierda de un arcabuzazo; herida que aunque no parece fea, él la tiene por hermosa, por haberla cobrado en la más memorable y alta ocasión que vieron los pasados siglos ni esperan ver los venideros, militando debajo de las vencedoras banderas del hijo del rayo de las guerras, Carlos V, de felice memoria. Y cuando a la deste amigo de quien me quejo no ocurrieran otras cosas de las dichas que decir de mí, yo me levantara a mí mismo dos docenas de testimonios y se los dijera en secreto, con que extendiera mi nombre y acreditara mi ingenio; porque pensar que dicen puntualmente la verdad los tales elogios es disparate, por no tener punto preciso ni determinación las alabanzas ni los vituperios; porque así es él y sus personajes, su obra en verso y prosa libre, trazada con tinta que escurre por las puntas afiladas de plumas de ganso o pavo, escrita a la luz de gordas velas que se desgastan lentamente dejando gotas congeladas como lágrimas a veces de risa y otras más de llanto triste. El hombre rodeado de mujeres, esposa, hijas, sobrinas, amas y criadas, luego de haber sido cautivo en Argel con su único hermano, preso en celdas con compañeros de rejas que quizá escuchaban las descabelladas primeras versiones verbales de las novelas que pretendía escribir, las obras que pensaba montar y los versos que pretendía cantar callado una vez que saliera nuevamente en libertad por los campos anchos de una España cuyo mapa recorrió a lomo de caballos anónimos, en trechos largos envuelto en capas negras. Paisajes ocres pintados al óleo que parecen morados al atardecer y se vuelven blancos en la nieve de todos los años que los vuelven como páginas impresas en una casa de la calle de Atocha para encuadernarse y venderse luego en la librería de Francisco Robles.

jorge f. hernandez sombra por la calle huertas

Este hombre que se dibuja a sí mismo en las páginas que escribe está al filo de cumplir cuatro siglos de haber iniciado una eternidad que él mismo cifró en los primeros párrafos de una historia descomunal y alucinante que hay por lo menos un lector que cada abril ha de leerla como si fuese la primera y única ocasión de leerla, para descubrir, no sin asombro, que cada línea se escribe en el instante mismo en que se lee. Ese hombre llamado Miguel de Cervantes Saavedra, a la espera de que el desmadre administrativo de un país sin gobierno decida liberar los presupuestos para que los programados festejos que merece su conmemoración logren al menos intentar igualar los muy bien financiados y programados fastos que ya empezaron sus fuegos artificiales en Inglaterra para conmemorar el mismo día de San Jorge al otro bardo universal, aunque de otra lengua, que llamóse William Shakespeare, que a falta de novela popularísima signa su inmortalidad en sonetos y teatro diverso.

Ese que camina cuesta arriba por la calle de Huertas es ya una sombra de escritor, alejado de la fortuna económica, que quizá sepa en silencio que su gloria está en el callado milagro de ser leído.

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