Sol de otoño

Sol de otoño

En tanto no se informe oficialmente que del verano pasaremos directamente al invierno, hay que exprimir el milagro de los otoños, incluso como metáfora de la edad en la que uno deja atrás el calor sofocante de muchas equivocaciones y aún no se adentra en la canosa estepa de un posible cierre. Sol de otoño engañoso en ambos lados del mar: radiante al filo de un aguacero inesperado y simbólico en tanto no logra vencer los fríos, los vientos que calan y esas voces agoreras que pretenden cerrar el año con quejas.

Sol de otoño en el remanso que es preferible inventarse ante el alud de las desgracias y el recuerdo de tanta mala noticia; otoño soleado, el silencio íntimo donde uno descubre que hay un rincón más entrañable en el pecho que en la mirada ajena. Es la estación donde los libros leídos van soltando sus hojas como desprendiéndose del árbol encuadernado, una llovizna de hojas ocres que van del amarillo al marrón, pasando por el naranja y el ocre acartonado hasta descolgarse en el suelo de la lectura, dejando limpias las ramas del entendimiento donde quizá ha de volver a florear la prosa recién leída en párrafos digeridos para una próxima primavera (en tanto no se anuncie oficialmente que el mundo ha de pasar directamente del invierno al verano).

Otoño de soles para cumplir ciclos que quizá quedaron grabados en el poema ininteligible que unas manos anónimas tallaron en piedra hace quién sabe cuántos siglos, y soles sucesivos de otoños enlazados para iluminar los resquicios de diversos engaños: abrir entonces las hojas de este otoño bajo una luz que ponga en evidencia la mentira recalcitrante y cíclica de los políticos, la descarada osadía de tanto fascista disfrazado y tanto plagiario impune; luz de hojas que se queman en el epílogo de la lectura para ahumar el intelecto de quienes ya se desengañaron de los trucos de siempre y la baba siniestra de los abusos.

Noviembre me gustó para que te reflejes enteramente en las promesas que ahora saben a hueco y para que el tufo de lo que fue perfume confirme que era azufre desde un principio, allá en los veranos pegajosos donde parecía que se caminaba sobre un páramo limpio. El bosque se va deshojando precisamente
para que los rayos del sol de noviembre revelen el verdadero sudor de los senderos: los caminitos que se recorrieron con la engañosa promesa de una pradera como utopía y ahora, bajo este otoño soleado, reconocer que son solo hileras interminables de troncos, muchos de ellos huecos, donde ya no anidan ni mirlos ni palabras cariñosas sino contundentes parlamentos, palabras de verdad que ponen —una vez más— todo en su lugar.

Adelante se observa una hilera de mendrugos de pan que unos niños han ido dejando como señal para un retorno y en medio de un claro parece esperar intacto el joven que uno fue, con la melena sin canas, riéndose de la edad que pasa sin que se quede grabada en la memoria para que uno mismo, envejecido, se reencuentre con el espejo donde están las hojas reverdecidas de lecturas olvidadas, los personajes entrañables que se evaporaron en primaveras del pretérito, los apuntes en cuadernos cuadriculados donde aprovechamos para dibujar la cara de un poeta muerto y los recados guardados en el reverso de un boleto de camión, cuando eran de papel transparente como confetis de colores que decían que se canjeaban por besos en las escuelas de las niñas, si la cifra sumaba 21 y sin que te vieran
las monjas.

Sol de otoño sin nostalgia y con todas las letras por delante; hojas al vuelo de una memoria que se pule con la sensación inamovible de lugares que siguen en pie y palabras que continúan conjugándose en la boca de nuestros muertos; otoño de soles variados con el ropaje que ahora adorna la presencia de uno mismo para seguir siendo el Otro ante los demás y sus maquillajes respectivos. Estación envuelta en neblina de un tren que parece alimentar su caldera con la renovada vocación de ficciones y cuentos que inventamos al vuelo para quizá abonar la nueva novela que navegará con el ánimo en el tramo que le queda a estas vías para entroncar con otro invierno… pero eso ya será otro pretexto para intentar hilar párrafos que celebren la necia propensión a vivir leyendo al mundo, al tiempo que se intenta escribir párrafos quizá inconexos que pretenden celebrar al sol.

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