Si se llega a derretir

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Si se derrite Madrid, conviértanlo en gazpacho a la fresa y sírvanlo helado, pero por sorbos y de postre: sorbete de Cibeles o granizado de limón de la Puerta de Alcalá. Si nos derretimos todos con los golpes del calor, aullemos en las tibias fuentes de Neptuno hasta que nos oigan quienes niegan el calentamiento infernal que nos sofoca las almas, pero bebamos del arroyuelo que alfombra Recoletos como una inmensa horchata fresca servida desde el Gran Café de Gijón hasta las faldas de Nuestra Señora de Correos y aliviemos la desolada y derretida pendiente de Gran Vía con las colectivas cucharadas de su pavimento convertido en la más fría leche merengada.

Si se derrite el parque de El Retiro, cortémoslo en rebanadas como un inmenso melón de todos los verdes y esperemos la llegada de cada madrugada como si fueran rebanadas de una inmensa sandía que se pone roja al atardecer habiendo sido la máxima naranja pintada por Velázquez a la tibia sombra del Teatro Real. En un recodo de la Plaza de la Paja se arremolinan los niños que han enfriado durante horas en una nevera íntima los gajos de la Cava Baja como cubitos de hielo en pleno veraneo. Allá abajo, por la calle Segovia hay ancianos que volvieron hielo las bancas donde miran pasar las décadas de sus vidas y en el Matadero pasean las musas en sus bicicletas como abanicos para aliviar el sudor que transpira el café con hielos, la gaseosa helada y una inmensa ensaladilla rusa a punto de convertirse en helado napolitano.

Si se derritiese el busto de Goya, en un cruce de la calle de Alcalá, ruego que alguien le peine las greñas para que no parezca una cascada de melaza en bronce y si acaso se van derritiendo los escalones en la boca de cualquier Metro, habría que instalar unos toboganes con cascadas de sangría fresquita para que todo viajero encuentre en bañador la correspondencia con la línea 4 y que algún arquitecto posmoderno instale inmensos abanicos en las azoteas de todas las terrazas que contemplan el cielo maleable de Madrid como cuadro de Dalí, relojes que se cuelgan sobre los pretiles del tiempo y manteles que cobijan la tierra ardiente de la Pradera de San Antonio para que todo habitante y todo visitante de esta ciudad –la villa y corte que recuerda los fríos y las nevadas como si fueran un pretérito inventado—no se derrita del todo… hasta que la volvamos a digerir con el apasionado convencimiento de que parece un milagro.

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