Ser madrileño

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Es un ser polifacético y sorprendente, nacido o asimilado, vecino o visitante; es gato-gato quien presume de ambos abuelos también nacidos en la villa y corte y casi gato quien aprende a amar la figura inasible del oso embelesado con un madroño. Es el que baila sobre un ladrillo el ritmo de un schotis, pero también el que añora el danzón que ondula sobre la misma altura y es el que evoca sin que nadie lo escuche la secreta fórmula de que en México se piensa mucho en ti y el que tararea por los túneles del Metro que Yo me bajo en Atocha y es la bruma incandescente de los fantasmas en Chicote y las caras de carcajadas de la nueva generación que baila sobre la barra del Space Monkey y los barquilleros intactos y las chulaponas nonagenarias y los libros viejos en la cuesta de Moyano y el museo que parece siempre recién estrenado y las calles alineadas con chopos ancestrales y las bancas del Retiro que guardan conversaciones privadas y el perfil de los edificios con balcones siempre abiertos y las calles lavadas por la madrugada y las parejas de todo el arco iris que caminan o se besan hasta convertirse en tatuajes sobre los muros de un estrecho callejón de piedra caliza y el paisaje al óleo de los jardines que anteceden al atardecer.

Es el sabor del café que varía de barrio en barrio y las librerías entrañables o el mantón de Manila sobre un piano que se asoma por una de las calles que se retuercen en el mapa mental que llevan en sus ojos los gatos que nunca duermen, los miles de perritos falderos y los taxistas malhumorados.

Es el rostro de todas las caras de todos los idiomas que hablan el mismo caló en pequeñas frases que no se usan en el resto de España y la inexplicable intensidad del jazz en las madrugadas de Malasaña o del flamenco al amanecer en cafeterías recién lavadas o de la salsa caribeña por los pasillos donde parece que todo mundo baila en fila las calladas oraciones de un creo pagano, pegado a la frente bajo la visera de una gorra a cuadros que se esconde al filo de los pilares de la Plaza Mayor mientras parece que cabalga en piedra el rey anónimo que corona la cuadrícula intacta de todos los tiempos, entre cientos de bicicletas que ruedan sin manubrios y paseantes que caminan sin rumbo por el milagro vivible de una ciudad que se va abriendo de par en par y de parte aparte para que le queda claro a todo humano: basta que el asombro se vuelva afecto y que la amabilidad se contagie a primera vista para que la más rara de las siete estrellas te corone el ánimo para que sientas lo que es ser madrileño.

Leer en El País

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