Se lee

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Se lee para volar y no moverse del asiento. Se lee y se nota que quien lee va leyendo el mundo que le rodea y las letras que se enfilan como hormigas sobre la nieve ligeramente manchada de una página que nadie, nunca, había leído, aunque no pocos, o todos, habíamos imaginado lo que quedó escrito sobre papel como si se tallara sobre un espejo. Se lee para olvidar y para memorizar lo que quizá jamás habrá de repetirse en la realidad más allá de las palabras que lo contienen y definen en el rostro intacto de quien leyó por primera vez el hilado de palabras que hablan en silencio para solo escucharse en pupilas de quien lee.

Se lee para perder el peso de los días y figurar un semblante ideal de la mujer más bella del mundo, que camina entre párrafos con un pantalón azul entre la mirada negra de claridad indefinible y la carcajada inaudible del bufón invisible que parece el niño que fuimos todos al leerlo sin canas. Lee el que escribe, y muchos que escriben
lo hacen precisamente porque leyeron lo impreso y buscaron insaciablemente lo que simplemente nadie había leído y, por ende, imaginado en la memoria de su recuerdo o en el invento instantáneo de su callada imaginación. Se lee entonces en silencio y en voz alta, en los murmullos que se comparten con fantasmas y en las sílabas que pintan el perfil de los difuntos; se lee en todas las lenguas posibles que van armando la arquitectura increíble para llegar al Sol y la cara de la Luna, se lee el oleaje de los mares y la consistencia algodonosa de ciertas nubes, el polvo del camino de siempre y la hierba que se extiende como alfombra desde los párpados hasta la montaña mágica leída en el papel suave de las yemas de los dedos o la espalda perfumada de una mujer dormida.

Se lee y se nota entonces la cara vacía de quien no lee, el rostro distraído del improvisado conversador incapaz de leer los silencios ajenos, y se lee la cara iluminada de la niña que ha leído una fábula que parece encarnarse en la cara sonriente de un abuelo que la carga en sus brazos o en el filo de un vaso de agua roja. Se lee y se nota en la conversación de quien ejerce una cariñosa elocuencia, y se revela en la siniestra continencia del plagiario imbécil que cree que todo ha quedado ya sellado en el olvido, superado por el silencio o porque ya pasó el tiempo donde se siguen leyendo todos los abusos y mentiras con los que fingió haber leído una posible excusa como salvoconducto para su mediocridad inmarcesible. Entonces se leen las leyes que quizá nadie obedece aunque digan acatar, y se leen los amores contrariados que han decidido firmar papeles de una separación en el instante mismo en que creen unir sus vidas en la playa de su utópica felicidad, y se lee el testamento de un hombre que se creyó honesto habiendo sido robado por todos sus socios que le leyeron la cara como un paño de lágrimas, y se leen las arrugas de la anciana que lleva en la memoria el aroma del primer amanecer con un hombre que tenía las manos como pergamino, rayas que se leían en la sonrisa franca y en las uñas con mugre de milpa. Se lee en la mirada de los gatos el secreto de una mujer sola, y se lee en las cabelleras enredadas de las mujeres que leen las hojas de un tabacal en medio de la nieve, los restos del café en la taza, y dicen que el Lector leyó una lectura donde se leía que alguien leía desde un lectorio las letras casi ilegibles de la Ligera Lectora de las plantas, cada hoja desprendiéndose de un árbol de letras que iba lentamente narrando la enésima llegada de la primavera con cada página que caía sobre el prado de papel donde el Lector dice haber leído los nombres secretos de Dios y el orden inalterable de las estrellas en cada sílaba, en cada sonido que leía la Ligera Lectora que iba cantando las notas de una sinfonía por el solo hecho de leerse a sí misma en el instante en que se supo leída por el Lector en turno, la mirada que llega cada vez que se abre un libro y cada vez que se queda flotando en un charco el papel convertido en mensaje o pasaporte a todos los demás mundos que lee todo aquel que atraviesa el umbral inasible de las palabras y sus varias definiciones. Sueña el que lee lo que ve y lee los sueños todo el que susurra signos intangibles y dudas sin resolver, viajes irrealizables y presencias del pretérito, porque lo bueno, lo bello y lo verdadero se leen en la ventana abierta al océano, donde también se revuelca todo lo falso, lo feo y lo malo, las trilogías de un diagrama que subraya el que cree estar hablando a solas y el que sabe que en realidad nunca está solo por el insondable milagro que aquí se lee.

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