Se escribe

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Se escribe para olvidar y para no olvidar, para que quede constancia y sellar el olvido. Escribe el que no quiere olvidar la textura de un beso y el abrazo quizá incómodo de un instante inasible, y se escribe el diálogo recreado de una conversación en silencio y la ira contenida al contemplar la cara del Mal. Se escribe la rabia en tinta ante los mentirosos de siempre y los ganadores de nada, la silueta del fantasma y la historia que se narra antes de dormir como si fuera el cuento que se escribe sobre la línea delgada de un cabello que reposa en la almohada como quien escribe que duerme. Se escriben a diario las verdades que intentan rebatir el muro de mentiras que levantan todos los días los arquitectos del engaño y cofradías de la desolación, y se escriben a diario los informes que dan cuenta de los pocos pasos, los largos paseos, las travesías interminables y la corta navegación de un empeño entre todos. Se escribe el recuerdo de un anhelo y la almendra de un coraje, el pétalo de un detalle dulce y el agrio sabor del desengaño. Se escriben los discursos de usos múltiples y los sermones específicos, los instructivos y las instrucciones, los evangelios de la palabra sagrada y los pasquines de los plagiarios impertinentes; se escriben los voluminosos tomos de las confesiones y la colección completa de los secretos, la historia universal de los engaños y la hoja parroquial de la confirmación en silencio. Se escribe en tinta y en la saliva de quien habla deambulando sus ideas en el claro de la Luna; se escribe en la pared de la imaginación al filo del pozo de la memoria y en la antesala del invento, ese rincón de la creación que desconoce el funcionario absorto en números y el empresario empeñado en finanzas, lo intuye el arquitecto que proyecta edificios desde las nubes, de arriba abajo como si fueran castillos en el lodo y lo palpa el ingeniero de los mil sabores y el anónimo lector que recorre los paisajes como quien va leyendo las piedras del camino. Se escribe en la pantalla imaginaria de las pupilas y en el rostro de quien se nos queda mirando fijamente en el lienzo del espejo, se escribe en la sábana blanca de una noche en murmullos y en el terciopelo del olvido, la tela del perdón, el pañuelo de la incongruencia resucitada y tantos espectros que se escriben con solo evocar sus nombres en medio de la noche. Se escribe en el agua la promesa indispensable y el legado impostergable, se escribe el testamento de un infante sobre la piedra de su vejez y los ojos de la doncella en el pergamino de su propia piel, y se escribe la ley que nadie ha de violar por ser invisible en tinta y letras y la constitución verbal de un reino sin fronteras que oscila entre la médula y los huesos de quien escribe que todo lo que escribe queda escrito sobre el escritorio del escritor que se escribe a sí mismo sabiéndose escrito para que escriban de él los escribanos y los escritores por venir que su porvenir había quedado escrito al instante de escribir y así librar una semana más de doloroso empeño por no escribir ya más sobre las imbecilidades de los políticos o las tribulaciones o pendencias de las noticias del momento y recordarse a sí mismo que con el milagro de escribirse a sí mismo escribe el que escribe los escritos ya escritos a máquina o manuscritos en tinta que lo justifican y le enredan el cabello para despeinar una madrugada más en el páramo incandescente del insomnio más entrañable donde sueña que escribe el que escribe para volar en aventuras que alguien lee quizá sabiendo que ya todo, absolutamente todo, se escribe.

Se escribe para cruzar así el tiempo y cortar toda distancia. Se escribe el que se escribe más joven en el perfil de un párrafo que redacta al andar por una mañana futura, y se escribe más viejo el que lee su reflejo en el agua del tiempo que pasa por encima de la página como jacaranda en flor y la tinta lila empaña los empeños de la necedad, y los llamados de toda negligencia para borrar todo lo que ya no vale la pena evocar, quitar de en medio los recuerdos de un dolor que fue feliz y redactar sobre la piel intacta de un atardecer que pretende adelantarse a la primavera la loca posibilidad de vivir en tinta propia la conciencia asumida de que ese que se mira a sí mismo en el reflejo de la página, entre líneas de la tipografía inventada, no es nada más que el que sabe que por hoy —también— se escribe.

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