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De NAFTA a TLC

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En un ayer que no viene a cuento me tocó trabajar de traductor simultáneo en algunas de las mesas de prolegómeno para lo que se llamaba NAFTA (North American Free Trade Agreement). Habiendo querido ser economista (sin imaginar que mis maestros pasarían muy pronto a convertirse en secretarios de Estado) me tocó pedirles trabajo cuando —habiendo fracasado en titularme de economista— terminé por convertirme en historiador; y ya cobrando las primeras quincenas, habiendo soñado con ser escritor, terminé de amanuense de manuales intentando poner en prosa el álgebra de los economistas y traductor inútil, pues los funcionarios mexicanos que negociaron los pininos de lo que posteriormente fue el Tratado de Libre Comercio para América del Norte (TLC) eran todos egresados de prestigiosas universidades de los Estados Unidos (no pocos de ellos, doctorados con laudes) y entendían perfectamente todo lo que decían en inglés los funcionarios estadounidenses (no pocos de ellos, sin estudios de posgrado). Hace poco más de un cuarto de siglo muchas voces incendiarias de este lado de la frontera se prendieron inmediatamente en contra de la ocurrencia de esas negociaciones, argumentando que incluso las siglas sonaban a gasolina. Las columnas de opinión, las marchas al Zócalo y la ... Leer Más »

Rius

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Sonreía con todo el rostro, como sol; hablaba pausado y con el raro timbre de voz que estaba al filo del humor y al mismo tiempo la inteligencia. Le vi los pies por el afán que le dio por andar de huaraches, morral al hombro y con camisas que parecían de colores aunque fueran blancas; el pelo ya blanco contrastaba con la imagen que tenía de él la generación que aprendió mucho más en sus manuales para principiantes que en los cuadernillos de Civismo o Ética que nos imponían en las escuelas cristianas, con esa pedagogía homeopática donde Rius contagiaba la posibilidad de volverse ateo por obra y gracia de la Iglesia, gracias a Dios. Fue referente y autor de más 100 títulos que quizá tengan el inigualable palmarés de ser los más prestados en la historia editorial de México: cada cuadro de sus páginas combinaba el collage con la prosa puntual y el chiste con el dibujo. Uno salía del baño sabiendo más de Marx que Groucho, mucho más del irremediable fango de los políticos o los presidentes que tanta pena nos han dado, y quizá incluso sobre la comida que habíamos digerido antes de abrir el libro en turno. Inventó ... Leer Más »

Letras derretidas

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Me gustan los veranos que derriten las letras de las novelas que se suponían memorizadas. Al calentarse en la relectura, parece que vuelve incluso el olor a su tinta y la textura del papel —un poco más amarillo que en la primera aventura—, y en las yemas de los dedos se palpa el braille de todas las vidas que han transcurrido sobre los párrafos transpirados, las comas ondulantes y ese punto y aparte que aparentemente se leía como puntos suspensivos en un ayer con menos canas. Sobre la embarcación del sofá, el lector se acomoda al timón de un recuerdo intacto y los personajes que hace años eran modelos a seguir detalladamente se han convertido en jóvenes atrevidos, con menos años que el que lleva encima quien los lee; la trama se derrite entonces en pasajes que no se habían subrayado y los paisajes se identifican caligráficamente con las vistas que uno ya ha tenido ocasión de ver. Visto lo visto, oído el oído del autor que habla en silencio a cada paso de la historia que se va desenrollando sin rollos y sin engaños, la novela eterna que cada verano hay oportunidad de volver a recorrer como quien se ... Leer Más »

Del feliz dolor de las distancias…

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Lichi vivía la distancia constante que lo unía-separaba entre su infancia y sus canas… era a un mismo tiempo intacto el niño de Arroyo Naranjo y el papá-mamá de su hija María José y ese mismo sortilegio explica que vivía el exilio-arraigo entre México y La Habana, cantando los Himnos Nacionales de cada país entreverados (“Mexicanos al grito de guerra/ que la Patria os convoca orgullosa…”) y lloraba por un Fufú de plátano cuando estaba en Mixcoac y por los tacos al pastor cuando visitaba el Vedado… Por lo mismo, creo que Lichi es de los pocos escritores que realmente vivían todas las horas de sus días entreverando la ficción con la realidad; era periodista de sueños inverosímiles, cronista de lo inverificable y ensayista que gustaba añadirle un poco de lluvia a los párrafos aunque no constara en el informe meteorológico… La novela de mi padre apareció increíblemente en el fondo de un cajón y eso consta porque le consta a su jimagua Fefé, pero también consta porque así lo reinventó Lichi al intentar cerrar esa la única novela que intentó el gran poeta Papá Eliseo… Intento que abandonó al azar en la última página donde trazó el contorno de ... Leer Más »

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