Salada claridad

guayabera

Ha tiempo que se reúne en Cádiz la real Cofradía de la Guayabera (real en minúscula porque existe, no porque venga coronada) con el afán de celebrar el sagrado milagro de la amistad bajo el pendón de una de las prendas más cómodas y elegantes que ha zurcido la imaginación. Más que camisa (y a dos pasos de ser considerada de etiqueta), la guayabera es el cómodo alivio al calor donde no caben corbatas y sobra el armazón hilado de los trajes pesados (otra cosa es el lino de tres piezas).

Cuando Gabriel García Márquez recibió merecidamente el Premio Nobel de Literatura sorprendió a la nobleza de las viejas casas europeas al portar el traje de liki-liki que no es más que una versión ceremonial de la guayabera, esa camisa de origen incierto que le pertenece en realidad a todos los lugares felices: es de Cuba y de Veracruz, de Yucatán y de Dominicana, de donde le llaman simplemente “camisa” o, incluso, “cubana”, como se le llamaba en Cádiz, la tacita de plata de la costa española, la salada claridad que evocaba Machado… La joya de un Caribe inventado en la mismísima Península Ibérica, al filo de las olas de las batallas navales inmortales y la firma de la Constitución que se popularizó de boca en boca como La Pepa.

Será en Cádiz el pregón de todos los años, sobrevolando las azoteas de la hermosa ciudad amurallada como Campeche, con el idéntico Morro de La Habana y la arquitectura del salitre y los colores pastel, las caminatas en el atardecer que se prolongan hasta ya muy entrada la noche y en el diluvio de manjares que bañan el paladar de los hombres felices, no exentos de nostalgias, que guardan en los cuatro bolsillos de los pliegues de sus guayaberas el incienso de todas sus biografías, las andanzas de toda la vida que se va hilando sobre la pechera y la espalda como un abanico de tela que apenas se abre para que entre la brisa que alivia los calores sin romper con la elegancia de los pasos cortos con los que se baila un danzón o se palmea un rumbita sobre la arena ocre de la memoria.

Guayabera de Mérida con la que he celebrado los versos y párrafos más límpidos de la literatura mexicana que parecen pura trova yucateca y guayabera de Cádiz con la que apuntalo las ganas de dejarlo todo en la maleta y huir a la vera de un mar inventado. Guayabera en Manhattan para despistar a los engreídos necios que se tienen que engrapar las corbatas falsas, así como se pegan con cola los falsos copetes amarillos y guayabera de tantos silencios en todos los paisajes de Veracruz bañados por la sangre del sotavento, de la surada que se convierte en música y la misma prenda con la que se escriben versos sueltos en Tabasco o rimas perfectas a la orilla de un platanal en Macondo.

Es la camisa que ondea como bandera de alivio y vuelo de liviandad, la elegante bandera de los tiempos del cólera y la relajada pañoleta de los amores contrariados, la que no se arruga en los abrazos y se acerca bailando desde el corazón del enguayaberado para abrir los brazos en la rara definición de las amistades que se fincan a primera vista, y evocan la guayabera negra de Eliseo Alberto cuando mi Lichi afirmaba que la amistad también es un romance, y así en Cádiz he de saborear una vez más la salada claridad de su paisaje y la clarísima agua salada que se anida bajo los párpados para llorar de pura felicidad en la callada etimología de los instantes callados en que todo el universo se suspende para vivir un rato feliz, un instante que se esconde entre las mangas de una guayabera impecable, con tres arcos simulados sobre los hombros, adornados con sencillos botones que no necesariamente son de nácar ni de Filipinas, ni de la tela transparente digna de un emperador chino, sino del algodón o lino de las manos que también han forjado tabacos desde las hojas extendidas que parecen piel de elefantes desmemoriados, para que el humo quede como incienso de celebración en la muy honrada liturgia de celebrar la amistad con el pretexto de una guayabera, entre pares y cofrades de una hermandad imbatible que se reúne año con año contra viento y marea en ese sueño casi indescriptible que se llama Cádiz.

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