Rius

riusSonreía con todo el rostro, como sol; hablaba pausado y con el raro timbre de voz que estaba al filo del humor y al mismo tiempo la inteligencia. Le vi los pies por el afán que le dio por andar de huaraches, morral al hombro y con camisas que parecían de colores aunque fueran blancas; el pelo ya blanco contrastaba con la imagen que tenía de él la generación que aprendió mucho más en sus manuales para principiantes que en los cuadernillos de Civismo o Ética que nos imponían en las escuelas cristianas, con esa pedagogía homeopática donde Rius contagiaba la posibilidad de volverse ateo por obra y gracia de la Iglesia, gracias a Dios. Fue referente y autor de más 100 títulos que quizá tengan el inigualable palmarés de ser los más prestados en la historia editorial de México: cada cuadro de sus páginas combinaba el collage con la prosa puntual y el chiste con el dibujo. Uno salía del baño sabiendo más de Marx que Groucho, mucho más del irremediable fango de los políticos o los presidentes que tanta pena nos han dado, y quizá incluso sobre la comida que habíamos digerido antes de abrir el libro en turno.

Inventó un imaginario que se comparte entre varias generaciones de mexicanos que sincronizan perfectamente con el desparpajo de su apostolado, sin perder el azoro por su estatura legendaria: era un pariente del general Lázaro Cárdenas que no se callaba la boca ante politicastros y corruptos, capaz de hacerlos sonrojar y avergonzarse por sus despilfarros y abusos; el dibujante sagaz que era capaz de trazar el perfil de Oaxaca en una página abierta como paisaje y el militante de un credo personal intachable que lo llevó a caminar y comer, pensar y dibujar exactamente lo que le dictaba su conciencia y, de paso, alumbrar en las tinieblas la supina ignorancia de tantos que no teníamos ni la más mínima idea de qué es el capitalismo o de quiénes forjaron la Revolución mexicana hasta que nos abonamos a los libelos que nos abrían las puertas a la curiosidad. Luego fue el inventor de Los Supermachos y Los Agachados, prójimos y próximos o, por lo menos, paisanos de esta tierra tan rara, único país del mundo en cuya bandera se observa a un animal comiéndose a otro.

Aquí donde la lonja tiene privilegios y la barriga va en proporción a la definición endeble de la felicidad, Rius se doctoró como voz nutrióloga para advertirnos que no todo suadero es elíxir, así como parecía predicar sin sotana los muchos engaños y mentiritas que nos hicieron aprendernos como tarabillas en los catecismos empolvados y en las letanías de las piñatas. Con esa combinación de palabras en párrafos puntuales y dibujos sencillos mas minuciosos, a veces aparejados al pastiche de imágenes fotográficas, Rius fue también el sereno que despertaba de letargos hipnóticos: allá cuando los informes presidenciales duraban horas de puros aplausos y loas, aquí donde sigue habiendo una enferma propensión a presentarse uno mismo como “Licenciado Fulano de Tal”, y allá tan aquí donde andan por las calles mujeres de rebozo pretérito que parecen viudas quizá sin serlo.

En medio de tantos vacíos y vados de la imaginación Rius era al menos el alivio para la estupidez humana que él mismo catalogó como un Humboldt de la estulticia ajena que siempre nos rodea, y un pequeño faro que llegó a hartarse de la irresoluble podredumbre de los caciques y mandamases que creen que siempre tienen la razón, siendo no más que irracionales de pura amnesia que ni a principiantes llegaban.

Rius hacía reír y hacía pensar, hacía dibujos que se volvieron imagen de memoria y encapsulaba definiciones contagiosas que se volvieron parámetro de mediciones y reflexiones de muchos que le quedamos en deuda, de todos  los que seguimos abrevando de sus páginas en las colecciones que atesoramos o en los volúmenes que recordamos como huellas sobre las yemas de nuestros dedos. Fue el legendario catedrático pedestre que no aceptó dirigir la revista que le propuso su admirado Che Guevara y el caminante que retrataba a lápiz no pocas de las muchas caras de un México que hoy lo añora… ya para siempre.

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