Retrato de imbécil y rostro de dama

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El retrato de Donald Trump es cada día más imbécil: a su insólita postulación por el Partido Republicano se suman párrafos de su trumpicada estrategia de verborrea, estulticia, bravatas y babosadas. ¿Cómo es posible que el republicano partido en el que se formó Abraham Lincoln cayera en la podredumbre y debilidad de consenso político con el que ahora endosan la candidatura de un paladín (a veces, exitoso) de la improvisación, de los que fincan sus fortunas económicas en sucesivas declaraciones de quiebra, de los que fardan felices matrimonios en la medida en la que suman costosos juicios de divorcio, los que ven siempre al enemigo como un alienígena que viene de fuera y anhelan constantemente la vieja grandeza de las películas en tecnicolor?

En la Convención del Partido Demócrata en Filadelfia (cuna de la Independencia estadunidense), los delegados tenían no pocos oradores negros e incluso mexicanos, no pocos artistas y atletas ejemplares, no pocos párrafos de auténtica labor política a contrapelo de la ronda de imbéciles que tartamudeaban en la Convención Republicana con la clara ruptura que protagonizó Marco Rubio en el falso jolgorio celebrado en Cleveland (Of all places!!!), allí donde tuvieron que suprimir canciones de calentamiento de masas al no cederles permiso los grupos musicales que poseen los derechos —ni Queen dejó que corearan “We are the Champions”. A contrapelo de los magníficos discursos de Michelle Obama o de las madres de jóvenes asesinados en esta renovada oleada de violencia racista y callejera con proliferación de armas (mayoritariamente aprobada por el típico republicano promedio), el falso jolgorio de Cleveland quedó signado por el gran ridículo del plagio con el que la enésima esposa de Trump intentó demostrar que sabe leer, aunque su papel es más bien visual y de maquillajes (ridículamente enfundada en la camisa tipo pirata que inmortalizara Jerry Seinfeld como atuendo insignia de la cursilería más incómoda). Toda la llamada revolución de Bernie Sanders (misteriosa filtración de correos electrónicos que insinuaban compló incluida) llegó a su heroica culminación no solo con el muy aplaudido discurso de reconciliación que pronunció el utopista del pretérito psicodélico vuelto oráculo encanecido para un nuevo siglo, sino también con la suprema nobleza al cederle todos sus votos de delegados a favor de su rival Hillary y así garantizar la unidad de su partido en el esfuerzo minucioso con el que han de lograr no solo derrotar sino propinar la debida avalancha que merecen Trump y sus millones de seguidores.

Que doña Hillary ha tenido serios problemas con la ausencia de privacidad en correos electrónicos no justifica que el trasfondo de su campaña se mida por banales criterios que caben en 140 caracteres, pero que haya incluso la mínima sospecha de que la tenebrosa mano de Putin realmente considere como camarada al copete indescriptible de Trump es un verdadero asunto de seguridad mundial. Que Trump es un payaso lo sabemos todos, pero que la señora Clinton representa una auténtica ventana abierta a la mejor versión posible de todo eso que llamamos “USA” queda claro en el envión por la igualdad donde toda mujer (que es como decir toda minoría) seguirá confiada en la posibilidad de buscar su particular oportunidad de vivir (y eso que llaman “búsqueda de la felicidad” desde la fundación de su gran nación) tendiendo puentes (como cantó con la poca voz que le queda Paul Simon) en vez de levantar muros, siendo incluyentes y creciendo ante la pequeñez de los miserables, hablando en español (como bien lo hace Tim Kaine, jesuítico y alivianado hombre de acción a partir de la serena reflexión, ahora candidato a vicepresidente)… En fin, la honesta piel de todos los colores, canas y arrugas, dientes de leche, enfermos y desposeídos, las manos callosas de los obreros y la mente abierta de millones de demócratas que nada tienen que ver con los millonarios de piel anaranjada y ojeras blancas, copetes insuflados de ignorancias variadas y labios en puchero de bravatas insostenibles. El retrato del imbécil Trump no cuelga en los telones de la Historia con mayúscula, salvo como anecdótica advertencia del abismo que nos rodea o necio recordatorio de la frivolidad estúpida de Sarah Palin, el rifle inútil de Charlton Heston o el racismo autoritario que aún entinta la saliva de no pocos estadunidenses que, irónicamente, también merecen abrir ya una nueva era que multiplique sus bienes precisamente para bien de todos.

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