Retirados

retirados

En realidad, se miran sin verse aunque se observan de lejos, cada año, cada mayo que se vuelve un junio juntos. Se citan a la altura de un monumento de mármol intacto y pasean platicándose casi todo lo que cada quien, cada uno por su lado, ha vivido a lo largo de los doce meses en que no se ven aunque se miren de lejos. Se conocieron hace ya tantas Ferias que ninguno de los dos recuerda si llegan a treinta, a la altura de la caseta 132 donde firmaba un autor ahora fantasma de si mismo y saborearon juntos un helado de leche merengada que se fue fundiendo en la saliva de ambos como una suerte de coloquio bibliográfico donde Ella recomendaba leer a Rilke y Él, los recién publicados libros de Muñoz Molina y así, cada año los clásicos que Ella honra se confunden con las novedades que ya se van amarilleando en las listas de Él y a veces, incluso han reído no sin nostalgia al ver como se van encaneciendo los autores que apenas hace unas Ferias eran novatos y se van volviendo Nobeles los noveles.

Hubo el año en que sólo se leyeron ensayos, tirados en el prado que rodea al estanque y la primavera feliz en que leyeron de cabo a rabo la enloquecida novela que elevó a Macondo al territorio de La Mancha en el mismo mapa donde alguien dice que se ubica Comala, cerca de Mágina, lejos de Yoknapatowpa.

Hubo la Feria en que Ella insistió en su poesía y los versos favoritos se le fueron entreverando con los sonetos que Él se sabe de memoria, tatuados sobre la piel como si fueran deletreándole los rasgos del rostro, el contorno de sus labios y el color morado de su vestido de siempre y pasaron de la rima simple de las coincidencias a la metáfora profunda que provoca silencio inapelable y así se les ha visto andar el recorrido de ida y vuelta de todas las casetas de todos los libros y de todos los años de todos los días de la Feria, convencidos de que sus mejores conversaciones son en silencio.

En páginas compartidas dónde consta en tinta que Ella puede contar con Él y no se extrañan por la distancia ni por el paso de las primaveras ni por el cambio climático ni el precio de la cebada o la ubicación exacta de Samarkanda, en tanto Ella sepa que Él la piensa y la recrea con las sílabas íntimas de su nombre y Él vive el resto del año en el sendero que van formando los árboles alineados que inventan sombras para las aves de lomos azules y la arenilla húmeda por donde han levitado ambos, felices y en silencio, sabiéndose amados y enamorados, demorados sobre los vuelos morados de su vestido morado, aunque nadie en Madrid se entere que en realidad, no necesitan abrir los ojos para verse porque se saben el uno para el otro con el sencillo milagro de… leerse.

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