Primavera de párrafos

antonio-ortuno-ray-lorigaAllá, del otro lado del arco iris, donde los cielos son azules y los sueños que uno —solo uno— se atreve a soñar se vuelven realidad; allá, más allá, arriba, donde alguien me había murmurado en una canción de cuna, están las nubes donde se abre una primavera de párrafos limpios, el gozo casi indescriptible de leer realidades mejores que la que nos rodea con tanta inquina y desolación.

Van estos párrafos para abrazar a Antonio Ortuño, que ayer obtuvo merecidamente el quinto Premio Ribera del Duero por su libro de cuentos La vaga ambición, y también para Ray Loriga por su muy merecido Premio Internacional de Novela Alfaguara 2017 por su novela Redención. Los galardonados son mis amigos y los conocí en la mejor circunstancia posible: leyéndolos con una admiración que se ha mantenido incandescente y creciente, ahora más, porque me consta que ambos viven en letras y sueñan despiertos, porque van hilando la trama de sus pasos en madrugadas calladas y en amaneceres tan impredecibles como cuando alguien despierta con un queso sobre la almohada, quizá como metáfora de una hermosa pesadilla.

Ortuño es un valiente con pluma, un novelista que lo mismo cuaja faenas breves en relatos de una sentada, y un cuentista consumado que lo mismo entreteje la trama cuadriculada de una novela capaz de sortear por encima del Atlántico. No he leído ni uno solo de los cuentos con los que ha ganado, pero me consta que ayer el sol de Madrid bailaba una suerte de jarabe tapatío con la sola ilusión de que la primavera se abría de páginas desde Gran Vía hasta la FIL de Guadalajara, donde intentaré abrazarlo.

Tampoco he leído Redención, pero pido de la manera más humilde que se me permita presentarla en la FIL de Guadalajara para abrazar a Loriga luego de Ortuño, y confirmar que tengo un hermano menor de edad y grande en calidad que me regaló el afecto instantáneo el día que nos presentó Luis Mancha, en Madrid, y nos volvimos a encontrar en Xalapa en un ayer que hoy me hizo llorar en cuanto supe que Loriga llegaba al hotel Ritz (el de los Reyes Magos, el de los Rolling Stones, el lugar ideal para que se quitara Ray las gafas negras y revelara los ojos lacrimosos). Se llama Jorge Loriga y se puso el Ray para diferenciarse de su padre, un exquisito dibujante, y supongo que la novela honra la raíz americana de esa Venezuela que nos duele a todos, donde nació su madre en el siglo pasado, y quizá también honra la sombra de su hermano que se adelantó a las tristezas de este mundo para habitar —ya para siempre— un laberinto de susurros con los que hablaba a solas pegado a los muros… y supongo que honra la elevada prosa de un escritor con toda la barba y muchos más que la movida encima.

Supongo que no puedo hilar bien las palabras con las que quiero celebrar la primavera de párrafos que me permitirán seguir en el sendero de la admiración que le guardo a Ray Loriga, a Antonio Ortuño y a todos los escritores que me consta que se desangran un poquito cada vez que nos enseñan a soñar mejor e imaginar sin optimismos de dentífrico la pequeña ventana por donde venceremos finalmente tanto asqueroso tedio y tanta pesada desolación, esa maravillosa sonrisa rubia que se escapa entre las caras de nuestros hijos, y el recuerdo intacto y en blanco y negro de todos los autores que nos han dejado para siempre sus mejores páginas, libros empastados en la memoria que comparto con estos dos galardonados, que nos han iluminado en las noches y nos contagian la delicada certeza de que siempre ha de llegar, renovada y la misma, la primavera.

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