Plaza de la Soledad

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Ahora que Rodolfo Rodríguez El Pana yace irremediable en el lecho del peor dolor, víctima de un percance —que no cornada de leyenda— ha de constar en las enciclopedias taurinas toda la inspiración y locura de arrebato que deja como legado el último romántico de una fiesta en constante peligro de extinción. Se hablará de un par al quiebro de rodillas, el lento caminar arrastrando las zapatillas, el par de Calafia, el Imposible con la capa, derechazos adormilada la barbilla sobre el pecho de luces y ese trincherazo que dio en blanco y negro en un tiempo que ya parecía viejo en el instante en que lo esculpió.

También queda para su leyenda el inesperado brindis que dijo al aire, al filo de la barrera, ante el atónito micrófono de la televisión y los azorados oídos de las buenas conciencias que veían la corrida desde el calor de sus hogares persignados; El Pana se lanzó verbo en ristre con un brindis que ningún torero había hecho en público, mucho menos en voz alta: “Brindo por las damitas, damiselas, princesas, vagas, salinas, zurrapas, suripantas, vulpejas, las de tacón dorado y pico colorado, las putas, las buñis, pues mitigaron mi sed y saciaron mi hambre y me dieron protección y abrigo en sus pechos y en sus muslos, y acompañaron mi soledad. Que Dios las bendiga por haber amado tanto”.

Esas palabras parecían sobrevolar Madrid la tarde en que se proyectó el documental Plaza de la Soledad, dirigido por Maya Goded y producido por Martha Sosa, dentro de la edición 13 del Festival Internacional de Documentales de Madrid. Goded es una mujer sensible, bella y talentosa, con cámara andante. Ha recorrido y documentado por más de dos décadas el íntimo laberinto de las vidas anónimas de las prostitutas del Centro Histórico de la Ciudad de México. De pronto, en DocumentaMadrid 2016 se escuchaba de fondo la música de la Sonora Santanera y empezaron a desfilar como cantos de hierbas medicinales las voces de un puñado de mujeres que se han dejado la vida “cambiando sus besos por dinero”, como decía Agustín Lara. Allí la musa de 83 años que sigue guardando las llaves secretas del amor en su brasier y por allá la coqueta muy maquillada que espera la desesperación de algún peatón al azar o taxista despistado que la alquile para el rato que dura un sueño. Acá, la mujer que viene de la nada y que viaja a ninguna parte todos los días, calmando la soledad de un anciano que parece ranchero y por allí se van de la mano la Titi muy pintarrajeada que ha hecho pareja con un travesti que luce la idéntica minifalda de ella.

El público que llenó la sala del Matadero empezaba por reír con las ocurrencias y ese surrealismo aún más irreal que el surrealismo mismo que se desparramaba sobre la pantalla en una película de atinado ánimo, no de condescendencia ni lástima, sino de abierto testimonio de eso que se debate tan cerca de la tragedia. Maya Goded ha logrado congelar en pantalla la vida que se escapa por los dedos, las lágrimas que no ven los machos que abusan de las mujeres hasta en la manera de verlas y esos largos parlamentos de la soledad que poco a poco van narrando la vida menuda, la rutina cotidiana y minúscula de los horrores de todos los días. Aquí se ven en gestos la cuesta incosteable con la que cada una de estas mujeres se gana no la vida, sino la sobrevivencia en un mundo que ha cambiado su onanismo a la pantalla electrónica, una realidad feroz donde lo prohibido siempre ha sido tolerado, como quien se baña en un río de fango y lodo para aliviarse de tanta mugre de todos los días.

Plaza de la Soledad es una notable producción que quizá no se fue de Madrid con el reconocimiento que merece. Confieso no haber asistido a la proyección de los documentales ganadores y que deambulo en laberintos muy ajenos a los de la farándula del cine, pero como espectador me consta la conmovedora experiencia de ver México de lejos, en la misma pantalla con la que se alejan de nosotros todos los callejones que nos quedan a la vuelta de la esquina en una constante esquizofrenia por sentirnos herederos del Primer Mundo, habitando vecindades íntimas de trasnochados silencios. Hablo de un documental de Maya Goded como eco visual de un brindis que en algún domingo declaró en público El Pana sin imaginar la ironía de que la peor cornada que habría de retirarlo de los ruedos sería nada menos que la contundente condena a convertirse, él también y en vida, no más que en un alma en pena.

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