Personajes en Polonia

Una vez más, debo a la Embajada de México en Polska y al Instituto Cervantes de Warszawa y Krakow la oportunidad de visitar un pedazo de paisaje del alma: esta tierra con todos sus párrafos y sus heridas, sus desapariciones impuestas por otros que quisieron borrarla del mapa y su constante resurrección en colores y sabores que hipnotizan a la imaginación, enamora o por lo menos conmueve a todo aquel que la visite con afecto.

Una manera de desenredar el mareo de tantas zetas y consonantes, en busca de vocales en esta tierra de sonidos diversos y eles cortadas por el mástil, es deambular las calles de Varsovia como quien va leyendo los rostros de sus habitantes: por allá el clon de un electricista que llegó a primer ministro y en la acera de enfrente corre con prisa bajo una nevada efímera un personaje ancestral de Isaac B. Singer. La mujer que mira a través de una bufanda tejida de siglos fue espía durante buena parte de su vida adulta y el señor que pide unas monedas en la esquina de una calle reconstruida llegó a ser considerado uno de los mejores cantantes de un anónimo bar en Chicago. Al timón de un tranvía me pareció ver la reencarnación de un Papa y en la ventana de una casa inexistente, la mujer en sepia de una novela entrañable.

 
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Como saben algunos, de un tiempo para acá me da por imaginar que los personajes de los cuentos, novelas o calles que transito se alinean de pronto en ordenadas filas al pie de una pluma fuente que los acaba de narrar o a las puertas del siguiente capítulo de la trama que los inventa. Me da por dibujarlos encuerados, a la espera de que una imaginaria sección de vestuario decida cuáles serán los mejores disfraces para que cada uno de los personajes apenas entrevistos por su diminuto tamañito enfrenten el inesperado desenlace de sus respectivas tintas. Van en fila, a veces en compañía de célebres personas como Alonso Quijano o Quijada llamado el Bueno o un anónimo boxeador invicto, hablan en voz baja o murmullos y de ellos depende la posibilidad de un cuento o simplemente el divertimento de un cuento…

 
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De esto y más se pudo hablar en la Universidad de Varsovia ante un entusiasta grupo de alumnos del gran Gerardo Beltrán, profesor en esta Alma Mater y traductor al que mucho debemos los lectores hispanoamericanos por ponernos en español tantos versos, tantas páginas polonesas, tanta vida polaca que –de no haberse traducido—seguirían navegando el mar de nuestra ignorancia. Del polaco al español y va de retro, Beltrán es de los hombres que saben de veras tender puentes y contagia con la serena adrenalina del poeta la lectura de cada una de las sílabas que se crecen como madrépora cuando dos lenguas se entrelazan para besarse en un verso… un escenario vegetal y epidérmico donde de pronto los cuentos de un escritor en ciernes revelan lo que tienen de dibujo y viceversa. ¿Qué llega primero la imagen o la palabra? Habrá quien imagine al personaje de un cuento antes de intentar trazar su perfil a lápiz y hay quien no puede ponerse a escribir el relato de un crimen o la despedida en un andén sin dibujar cada línea de sus posibles parlamentos.

 
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La gorda que rellena un camisón viejo, lleva la sartén por el mango y quizá por alguna de sus acostumbradas sospechas o corazonadas ha decidido entrar al estudio del marido, autor ya no tan anónimo. Con la cabeza enredada en tubos para rizarse el pelo ralo, la gorda lanza los primeros gritos al ver que el esposo literario de cepa anda de la manita con una muñeca rubia en bikini… Esto que intento narrar en párrafo se ve mejor en dibujo, y más cuándo el incauto responde a la enloquecida esposa que la modelo en paños menores no es más que una novela. Puro cuento, ficción pura y quizá por lo mismo, quisiera escribirle a Gerardo Beltrán y a los estudiantes bilingües de Varsovia, a mis amigos de esta tierra tan querida, a cada uno de los personajes que caminan sus calles y los fantasmas de sus siglos pasados un ramo de cuentos, una serie de relatos hilando palabras, intercalando hermosos sonidos de su lengua y sus sabores, pero como a veces me funciona mejor intentar el dibujo sólo se me ocurre –en vez de despedirme—abrazarlos con la certeza de que nos volveremos a ver. ¿O leer?

 
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