Pasear

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Se cumplen cien años de la publicación de El Paseo de Robert Walser. Se trata de un autor entrañable para todo aquel que lo lea y un descubrimiento por atesorar entre quienes aún no lo conocen: escritor suizo, autodidacta desde que abandonó sus estudios a los 14 años para volverse alumno de la realidad circundante y poeta errante, ya lejos del hogar familiar. Walser anduvo del tingo al tango, trabajó de todo, tanto y teatro y jamás abandonó la íntima manía de escribir como quien camina y de andar como quien redacta todo lo que mira en derredor. En su diminuta letrilla de hacedor de laberintos era capaz de hilar sobre cualquier hoja el mapa y circunnavegación de un instante como si fuera una hilera de hormigas, manchitas de tinta que aún no han sido del todo descifradas por los expertos. Sus asombros se centraban en descubrir de pronto la resurrección de una flor que había visto el día anterior y apuntar la descripción de un rostro desconocido como si fuese la cara familiar de un prójimo íntimo.

Walser no es un mero autor de microgramas delirantes y meramente curiosos, sino de una gran literatura que se expande en la inmensa novela Jakob van Gunten o la otra, no menos grande, Los hermanos Tanner y, de hecho, no hay uno sólo título de su obra andante que no sea de altísima calidad, envidia y ejemplo, influencia y telón de Franz Kafka o Robert Musil, así como de no pocos autores y ensayistas contemporáneos que poco a poco han ido agradeciéndole a Walser el contagio peripatético de la literatura como una forma de andar, leer el mundo como quien evade el alud de tanta mala noticia de siempre y al tiempo, analiza con lupa no sólo la gota microscópica del rocío como el ruido distante de las ciudades ajenas.

Walser abre el párrafo de El Paseo confiando que ha salido de la incubadora de una habitación cerrada para ver el amanecer de las calles de siempre como si fuera la primera vez que las ve, y el lector queda ya imantado como el paraguas que lleva colgado Walser en el brazo, a seguirle los pasos en cada línea, cada párrafo la vista renovada de la vida cotidiana que nos llena los sentidos de ideas y memoria. Al fondo, tras el escaparate de una fila intacta de árboles parece esconderse la imaginación en flor, la loca inventiva de las palabras que se van hilando como sueños y el ánimo renacido de quienes por leerlo han también salido del capullo donde hibernaban para respirar el aire fresco de la prosa en papel paseado, papel paseante, pasos en silencio de una perfecta sincronía sobria y serena que nos aleja del mundanal y pantanoso horror de todo lo que hace, piensa y dice Donald Trump y de tantas imbecilidades que rellenan las pantallas de los medios y hasta de los teléfonos.

¿Qué cómo se logra este sortilegio por medio de un delgadísimo librito que se publicó por primera vez hace un siglo? Precisamente porque Robert Walser decidió salir a pasear en algún pueblo de Suiza, inaugurando una mañana anónima que habría de volverse intemporal, como si no se percibieran a lo lejos los cañones de la Primera Guerra Mundial desgarrando la piel de Europa y como si no retumbaran en Moscú todas las cargas y taquicardias de la Revolución Rusa. Lejos incluso de la Revolución Mexicana, alejado incluso de las íntimas distancias que recorre con su pluma, Walser camina hacia dentro, hacia sí mismo y al hacerlo, atrapa al mundo en sus manos y en cada palabra con la que fue construyendo el secreto monólogo que le inundó la cabeza y que quizá lo llevó a terminar unas décadas después confinado en un hospital psiquiátrico con el diagnóstico de una locura hereditaria. Aún así, se le permitía salir a pasear todos los días y vestirse de chaleco con leontina, sin piyama ni batita, con el aspecto intacto del paseante que siempre fue desde adolescente, quizá porque se le respetaba terapéuticamente su sentencia en tinta: “Sin pasear estaría muerto”… y sin saber que en la ya no tan anónima mañana de Navidad de 1956, es decir ayer mismo hace poco más de sesenta años, cuarenta años después de haber publicado El paseo que ahora cumple su centenario, Robert Walser salió del manicomio para pasear por enésima vez la infinita página en blanco que se extendía como paisaje y caer de pronto fulminado en medio de un sendero de nieve donde un grupo de niños en trineo lo encontraron con levísima sonrisa congelada… creyendo que estaba durmiendo.

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