Otras Meninas

Considerando que una tía abuela de Moroleón creía que Las Meninas de Velázquez era un cuadro que regalaban en una tlapalería del mismo nombre y que se trataba de una pintura sobre terciopelo negro que mostraba a unos simpáticos gatitos que jugaban con estambre, me permití visitar el Museo del Prado y dejarme llevar por la libre interpretación, inevitablemente salpicada de tanto lodo que mancha las noticias de estos días.

En un raro juego de espejos, el inmenso cuadro del verdadero Velázquez se observa al pintor que se cree periodista habiendo sido actor y primer macho de una Madonna: sobre el lienzo que nadie observa con lupa parece trazar el mal olor de sus intenciones ególatras, aunque luego declare que intentaba pintar el rostro de un truhán, el retrato al óleo de un capo grande del crimen organizado que en realidad parece que no es más que un pobre alfil de otros jefes, más poderosos que él mismo y su fama que se enfunda en una camisa muy difícil de reproducir al óleo.

En primer plano, el pueblo confunde con realeza a las llamadas Meninas, que son nada menos que damas de compañía, posibles meretrices, actrices en desgracia o desamparo que gustan de brindar con tequilitas destilados en casa, o chocolate batido a mano en pequeños jarritos de barro de Cholula, que le ofrecen a la Infanta. “Mirad la mirada de la Infanta”, dice el guía que sigue con audífonos la audiencia donde se ha de presentar la Infanta ante un juez para encarar su culpa en malversación de fondos y tráfico de influencias y, digan lo que digan la gente y el guía, habrá que reconocer que luego de posar para este cuadro, luego de probar el chocolatito en jarrito de barro, la Niña da la cara ante la Ley sin importar que es hija y nieta, hermana y tía de reyes y reinas que cualquiera pensaría que la volvían impune por Real Decreto.

Allí al lado, la simpática Menina que ha despertado apasionados sonetos en mensajitos cifrados por el propio truhán dizque retratado por el actor metido a periodista autorretratado como pintor, mientras al fondo en el espejo inamovible se ven las caras —que no rostros— de los que se creen monarcas intocables (siendo no más que pasajeros Ejecutivos) que pasan por el salón como si nada, rumbo al teatro para escuchar por enésima vez “La verbena de la gaviota” y, al lado, la misteriosa figura de un hombre de negro de apellido gallego por sus Moras, que salió de México creyéndose inmune y acaba de ser detenido por los alabarderos en las mismas puertas del palacio, las llaman de Barajas, pero llega demorado a la rendición de sus dudosas cuentas. Mira hacia el telón donde nadie le tiende la mano: ni la Maribárbola (antigua lideresa sindical de los maestros del analfabetismo funcional) ni el paje Manlio, que tranquiliza hasta la ferocidad de los perros, ni la Menina anónima que antiguamente aparecía en la portada de los libritos de texto, llorando en silencio la desgracia de todo un circo de carnaval, donde el mundo entero se distrae en la banalidad y sinrazón de toda la incongruencia, todo el surrealismo alucinante que avergüenza a la distancia y que, sin embargo, no empaña el credo convencido de quienes realmente aman a México: los que sabemos que muy por encima de todos estos imbéciles está la grandeza de nuestra cultura, la callada verdad de nuestras maneras y tradiciones, los paisajes que se memorizan con el corazón, los millones de mexicanos que no merecemos este cuadro de horror… aunque también llevamos ya tiempo con la pesada conciencia de que por encima de México, por encima incluso de nosotros mismos, están todos los rateros, todos los mentirosos, todos los plagiarios impunes, apócrifos arcángeles que creen siempre tener la razón en todo, los engominados del fraude, los enrevesados malhechores que confirman lo que decía mi tía de Moroleón: “En tiempos de ventarrón, la basura es la que sube”.

Deja un comentario

Show Buttons
Hide Buttons