No río de Río

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No es ningún secreto que de un tiempo a la fecha —desde que rompí la dieta— acostumbro presentarme en hoteles y restaurantes como el equipo mexicano masculino de nado sincronizado, argumentando que voy en solitario por falta de presupuesto y corruptelas que provocaron la baja de mis siete compañeros. En algunos comercios me miran atónitos y, en mi abono, a veces argumento que soy bastante coordinado conmigo mismo, que ensayo a diario con pinza en nariz y gorro de hule, bajo la regadera y con el Huapango de Moncayo como guía para mi coreografía cetácea. Fuera de broma, muchos gerentes de hotel y jefes de meseros no se sorprenden al saber ya de memoria los muchos enredos burocráticos que trastocan la labor de todo atleta profesional mexicano: deportistas jubilados —casi tan obesos como yo— y funcionarios de corbata, gomina y pantalón largo con valenciana a la medida de sus zapatos nuevos acostumbran enredarse en triquiñuelas presupuestales, cochupos empresariales, desidia ancestral, corrupción endémica, desinterés epidérmico y demás fangos para malgastar los pocos fondos de inversión y abandonar a los atletas en cuanto terminan los desfiles de la ceremonia de inauguración (donde, sin justificación alguna, también salen sonrientes y agitando banderitas quienes en realidad solo sudarán por el calor o los fallos en el aire acondicionado de las salas VIP).

Cada cuatro años, cada vez que se celebran los Juegos Olímpicos, se practica en el alma de México el recurrente deporte de burlarse de los atletas compatriotas, ridiculizar sus emociones y esfuerzos y obviar el trasfondo reprobable de la enfangada burocracia estatal que supuestamente apoya su participación. Como bien ha expresado Benito Taibo, todo atleta azteca que llega a jugarse una posibilidad —por muy remota que sea— en los Juegos Olímpicos, ocupa un lugar ya reconocido y por demás respetable a nivel mundial. Están allá porque se han clasificado para el intento y resulta bochornoso que se invierta la adrenalina de la burla en criticar las lonjitas de una gimnasta, la estatura de los boxeadores, los pucheros de un corredor de fondo o el vaivén de los andarines con una saña que debería mejor dirigirse al errático desdén con el que sucesivos gobiernos olvidan e incluso estorban las actividades deportivas en los colegios, las carreras deportivas de élite o la preparación que exigen los verdaderos atletas de competición internacional.

Sabemos por largas décadas de experiencia que los milagros deportivos de no pocos heroicos atletas mexicanos se deben más a la encomiable incandescencia de su tenacidad que al apoyo constante y estructurado de un proyecto colectivo, nacional o de Estado, y sabemos que en muchos de los epílogos de los medallistas —una vez logrados sus triunfos— pasa muy pronto la nube con la que serán sumidos en la amnesia y el desamparo.

Así las cosas, cuando llego a los hoteles y espero que confirmen la reservación aprovecho para preguntar —a veces en murmullo— si el lugar cuenta con gimnasio. Basta hacerlo para provocar abiertas carcajadas y ridículos instantes de vergüenza donde quiero que conste que me río de mí mismo, quizá también para provocar la risa de los gerentes en turno, apelando a la instantánea incredulidad que suscita cualquier antojo o declaración deportiva por parte de quienes somos obesos y más parecidos a Cacama que a Michael Phelps. Es decir, me río del desahucio, del desmadre con el que se organizan o desorganizan las federaciones de no pocos deportes en México, del desdén con el que se desprecia la vocación de los que pintan para campeones desde niños y también del enredo y pesadilla brasileños que rodean, anteceden y subyacen a los actuales Juegos Olímpicos (las protestas y las tremendas injusticias y desigualdades sociales que no aparecen en las felices transmisiones de la televisión global). Mejor me río, pero no me río de los deportistas que lloran de veras sus derrotas, que asumen con dignidad sus intentos, que cumplen con el esfuerzo a pesar de caerse de las barras y, por supuesto, no me río de Río.

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