Ni en el cine

No olvidemos que Pancho Villa tuvo su coqueteo con Hollywood para que le filmaran un guión a la Robin Hood, protagonizado por un actor más guapo que él y programando fusilamientos no al ama+necer sino cuando hubiera mejor luz para captar los balazos, y que incluso la ficción permitía un final donde Villa terminaba nada menos que de Presidente de la República, sentado en la silla en celuloide tal cual se sentó en la vida real, al lado de Emiliano Zapata. Pero, wait a moment, con todo y lo bandolero analfabeta y lloroso asesino que fue, Villa se alzó en armas en medio de la revolufia de revueltas, rebelión y reformas que alzó el Sr. Madero con un proyecto político y social, y lo de ahora es cosa absolutamente demencial y diferente.

Lo que olvidan quienes quisieran fincarle responsabilidad a una actriz y un actor malencarado por haber conseguido entrevistar al criminal más buscado sobre el planeta es, precisamente, que se trata de un criminal culpable de no pocos asesinatos, responsable directo de otras miles de muertes, empresario exitoso pero de una organización ilegal que trafica a sangre y fuego con probado veneno para humanos. No me detengo a ponderar la ligereza de la mariguana y las bondades de su posible legalización mundial, pues basta contabilizar el nefando rendimiento de las toneladas de cocaína, heroína y metanfetaminas que ha distribuido su organización para, por lo menos, insinuar lo que ni los divos de Hollywood tomaron en serio: este hombre suelto andaba más armado que el ejército que lo atrapó, y en una de ésas nos enteramos de que su posible captura se veía frustrada al verlo desde un satélite acompañado de una actriz famosa (así como lo vieron con una de sus hijitas) o bien que podríamos haber visto la sangrienta escena donde aparecieran muertos y con la lengua de fuera la propia Kate y el mismísimo Sean.

Todo el tema apesta, pero sobre todo por la generalizada estulticia y la endémica imbecilidad donde florece este tipo de héroe confundido. A la lacrimógena biografía del joven pastorcito que cuidaba ovejas en la sierra y, al no tener otra alternativa en la vida, decide enrolarse en el negocio de la mostaza, hay que agregar el patético mal gusto en la vestimenta con la que se arregla para recibir a sus invitados, la muy limitada elocuencia con la que intenta su autobiografía verbal en una toma digna no de largometraje sino de pésimo video casero (con el gallo que canta al fondo, la inocente camioneta blanca seguramente blindada que estacionaron al filo de la reja), pero también nerviosamente lamentable el video del operativo del cuerpo de elite que logró entrar a su guarida y tardó más de una hora para descubrir que el túnel estaba en el espejo. Fiel reflejo.

Sin embargo, hubo al menos un puñado de soldados que no cayeron en la tentación con la que intentó sobornarlos el otrora poderosísimo Chapo: no todos creen que la vida es el fácil vértigo de los negocios chuecos, la evasión constante y las camisas de Scarface. No todos profesan el amor por las armas bañadas en oro, las botas con puntas de plata y los bigotes pintados para parecer capo colombiano y, por lo mismo, no todos se creen la demencial invención de que los gánsteres tienen su corazón intacto en tanto no se embarran las narices con el detergente que le venden a los adictos.

No todos estarán de acuerdo en la resignación funcional de que hay mejores penales infalibles fuera de México para los delincuentes acostumbrados a escaparse por las alcantarillas de nuestros penales y drenajes públicos, y no todos entendemos ese raro hipnotismo por querer trascender a través de la pantalla grande, con guiones a modo de salvador de los pobres, tanto como no todos entendemos por qué no se anuncia de una vez el desmantelamiento de la intrincada red de sus finanzas, la extensión mundial de su lavado de dinero, la repartición y repatriación de sus inversiones, la revelación de sus complicidades veladas o descaradas con los municipios y estados en donde se sabe que invirtió en obra pública, hospitales, carreteras o liquidación de hipotecas y expansión de tlapalerías o tienditas locales. Pero lo que creo que todos podríamos aprender de este enredado guión lamentabilísimo es que el gobierno de México no puede reducir el tamaño de su misión (que ahora farda como cumplida) a la recaptura de un criminal que se le había escapado, y que las ínfulas de los sicarios, la camisita azul que luego queda en jirones para revelar la mugrosa camiseta sin mangas, confirman que en este estercolero ni con Hollywood se nos quita lo naco… ni lo narco.

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