Muriendo por ahí

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Quien no conoce Buenos Aires tiene una deuda pendiente con el endecasílabo que se forma en la esquina de algunas de sus calles, con la elegancia de un nadie que va de corbata a ninguna parte y la sorpresa de una inesperada hospitalidad que parece pecar de humildad. Quien no conoce Buenos Aires tiene en mente el encuentro inesperado con una esfera luminosa que contiene absolutamente todas las vistas de un Todo que nos conforma y confunde, la inmediatez de un espacio infinitamente verde por donde cabalgan fantasmas de tiempos pasados o el discreto cafetín donde juegan al ajedrez dos amigos imbatibles, cada jueves a la misma hora de un siempre que se prolonga en la pronunciación de la y griega y la doble l. Es decir, quien no conoce Buenos Aires probablemente establece el pacto de imaginarla desde la primera vez que leyó a Jorge Luis Borges y, de retro, a muchos nos tocó pertenecer a una suerte de cofradía intangible donde toda relación de su obra con México quedaba signada como una cifra secreta en los márgenes de la literatura fantástica.

Quiero decir que cada línea, cada verso, párrafo o entrevista, sin coincidir con sus polémicas posturas o sus fidelidades ideológicas, convertía la mera anécdota de Borges en íntima señalización de otro mapa de México: que si menciona el nombre de Querétaro en un poema (quizá por la música de sus sílabas o el invento de sus atardeceres) o que encuentra clonazgos entre los gauchos y los jinetes charros en paisajes de blanco y negro, todo ello se entremezcla con la filiación incondicional a su prosa perfecta o su poesía inmarcesible. Algo vibra en las páginas de sus libros entrañables cuando evocamos las fotografías que le tomó Rogelio Cuéllar, quien anduvo siguiéndolo como duende hasta captar la irrespetuosa imagen del ciego ante un mingitorio o la anécdota de Paulina Lavista, a toda velocidad sobre el volante de su vocho, para llegar a Teotihuacan justo cuando el infinito Borges terminaba su visita a la antigua ciudad de los dioses (que recorrió en sombras amarillas y leyendo cada piedra en Braille) y pedirle una sola foto y congelar para siempre la elegante figura de un escritor inmortal, hierático, al pie de la Calzada de los Muertos y luego, ya en el cuarto de revelado, descubrir que en realidad era la única foto que le quedaba virgen a un rollo (el último) que de milagro llevaba montado en la cámara.

Borges con Juan José Arreola, y recordar que habló tanto y sin tregua el genio de Zapotlán que a Borges solo le quedó el comentario de que “le había permitido intercalar uno o dos silencios” y recordar que, junto con Bioy Casares, se sabían de memoria “La Suave Patria” de Ramón López Velarde, porque se la habían memorizado con Alfonso Reyes cuando era embajador de México en Argentina.

Pero todo lo que quiero recordar para anclar que el recuerdo de Borges con México se debe a que los lectores del mundo entero signan su querencia con su obra de acuerdo con los referentes inmediatos que leyeron por primera vez. Con todo ello, con todas las anécdotas que narraba causando envidia instantánea Miguel Capistrán o todo aquel que lo trató en vida, hace relativamente poco apareció en librerías el atinado libro Borges y México (Lumen, 2014), donde Capistrán reunió no pocos textos que entrelazan la vida y obra de Borges con México, y veinte testimonios de escritores que lo vieron en México y lo trataron o admiraron en vida y letras.

Al encontrarse con Juan Rulfo en México, Borges le pregunta cómo ha estado: “Pues muriéndome, muriéndome por ahí”, contestó Rulfo como murmullo. “Entonces no le ha ido mal”, dice Borges, quien sigue: “Imagínese, don Juan, lo desdichados que seríamos si fuéramos inmortales”. Rulfo respondió entonces: “Sí, ¿verdad? Después anda uno por ahí muerto haciendo como si estuviera uno vivo”, y el genio que nos hizo soñar Buenos Aires cierra: “Le voy a confiar un secreto. Mi abuelo, el general, decía que no se llamaba Borges, que su nombre verdadero era otro, secreto. Sospecho que se llamaba Pedro Páramo. Yo, entonces, soy una reedición de lo que usted escribió sobre los de Comala”.

“Así ya me puedo morir en serio”, dijo Rulfo y así todos, a treinta años exactos y todos los siglos por venir en los que confirmamos que los lugares que nos son entrañables, los libros que se vuelven indispensables, son la pulpa que dibuja la sombra de los escritores que hacen no más que andar muriéndose por ahí precisamente para volverse inmortales.

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