Mujeres

Ellas. Las. Todas. Algunas. Otras. Ésas. Aquéllas. La. Ella. Alguna. Otra. Ésa. Única, Inquieta, Bella, Fea, Gorda, Flaca, Vieja, Joven, Virgen, Jefa, Madre, Hermana, Esposa, Pareja, Parlante, Callada, Erguida, Dormida, Acostada, Recostada, Elevada, Subterránea, Submarina. La bailarina y la juez, la maestra y coreógrafa, ingenua y sagaz, artista, poeta, pintora, payasa y puta. Ella, Fulana, Zutana, Perengana, Callada, Gritona, Silente, Suave, Luchadora, Lenta, Acelerada, Arcaica, Arcángel, Engañada, Regañada, Abusada, Abusadora, Arquetípica, Existencial, Tolerante, Maquiladora, Maquillista, Diseñadora, Torera, Ecuménica, Atleta, Psicoanalista, Zurcidora, Tabacalera, Navegante, Oceanógrafa, Sobrina, Nieta, Monja, Sacerdotisa, Bruja, Millonaria, Paupérrima, Visionaria, Cartomanciana, Tentadora, Rumbera, Solista, Ufana, Engreída, Soberbia, Soberana, Serena, Sirena, Amorfa, Sirena, Zafia, Tetona, Mofletuda, Macarrónica, Enredada, Aventada, Atrevida, Obesa, Bulímica, Menopáusica, Maravillosa, Nefanda, Negligente, China, Lacia, Pelona, Catrina, Boba, Babosa, Entera, Viuda, Prometida, Dejada, Casada, Molinera, Nopalera, Nadadora, Trompetista, Secretaria, Directora, Coordinadora, Lírica, Memoriosa, Olvidadiza, Amnésica, Tejedora, Espiritista, Fondista, Frondosa, Flaquita, Flautista, Fullera, Ecologista, Anémica, Locutora, Escritora, Autora, Reseñista, Acuarelista, Modista, Modelo, Mega-Gorda, Estirada, Obesa, Mandona, Abnegada, Dormida, Sonámbula, Cenicienta, Santa, Beata, Bigotona, Cejuda, Zamba, Tuerta, Bizca, Rapada, Posuda, Petulante, Defensora, Ganadora, Jaladora, Risueña, Malgeniuda, Saltimbanqui, Viajera, Voladora, Única…

La misma y la otra, la ausente. La que se queda en el recuerdo y la que nadie jamás ha visto; la que inventó alguien en una novela y la que se perdió en un cuento; la que ocupa el verso mejor de los poetas y la que retrataron al óleo en el siglo pasado. La que habla en silencio y mira con los párpados cerrados. La que miente como verdad diaria y la que escribe en el aire con la punta de un cigarro. La que camina siempre delante de quien cree que la sigue y la que cree que está presente a miles de kilómetros de distancia. Ella, ésa o aquélla que canta a solas y habla en murmullos, la niña que se peina y la señora con la cabellera al aire; la de la voz que calla a todos los demás y la que manda con solo insinuar algo; la que lleva la rienda y domina el paisaje. La que se mira en el espejo para ver a todas las demás y las demás, todas, que se reflejan en el agua.

Ella, algunas y aquéllas que sin una sola de ellas dejarían la nave al garete, el desmadre instalado, la nada pura y punto. Ésa, otra y tú misma que lees esta línea con la duda si no caen los párrafos en sexismo, oprobio y negligencia, o si bien son homenaje, gratitud y respeto. Las que se reúnen para unir fuerzas y las que se unen para levantar todo desde los escombros, ésas que no se rinden nunca y otras que se esconden de la mirada necia. Las que caminan sobre arena sin dejar huellas y las que dominan el lenguaje de las plantas, como las ancianas que hablaban con las rosas y contaban los cuentos por la noche. La musa impalpable y la poeta de carne y huesos; la mirada de la mujer que proyecta sueños en las paredes y la adivina que advierte el instante exacto en que se termina la luz. La que nombra las calles a su antojo y habla con muñecas rotas, la que brinca desde un barandal y cae de pie en medio de una mesa con candelabros; la que da la espalda y sabe que sus manos merecerían exhibirse en un museo. La que llena la noche de todas las noches con su voz, la que se engaña a sí misma y, por supuesto, a los demás, la que jamás ha mentido y la que sueña con ciudades que jamás ha conocido. La que se aparece en radiografías y la que diagnostica el funcionamiento milimétrico de cada una de las neuronas como telegrama de sinapsis, y la que sabe en qué momento está por cortarse la leche, y la madre que amamanta y la joven que se espanta con arañas que son sombras, y la niña que juega a las abuelas con sus primas y se escribe en caligrafías de perfume, o la que construye una casa en un árbol y se bate a espadazos con los nietos, y la ciega que lee las caras con las yemas de los dedos, y la sorda que habla sin explicación alguna, y la anciana con un mapa del mundo en las arrugas de su rostro y la de las mejillas que parecen porcelana, y la que se desmaquilla en los charcos y la que se pinta a oscuras, y la que se peina con prisa y la que se pone peluca prestada, y la que se detenga en esta línea para leer que toda mujer, cada una en cada cual, todas ellas, no algunas ni ésas, sino absolutamente todas y cada una de las mujeres del mundo han de saber en algún fugaz instante de sus vidas, un mínimo momento que se puede prolongar hasta por más de un siglo, la invaluable majestad e inasible belleza que representan cada una y todas… por encima y contra todo lo contrario.

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