Mirafijo

mirones

¡Salve la legión de Mirafijo!, esa indiscreta panda de mirones que no puede andar por las calles de Madrid sin fijar su vista como pegatina sobre las pupilas del Otro, de todos los Otros que caminan en sentido inverso a su impaciente curiosidad. Hablo del pelma incurable que no tiene nada mejor qué hacer y por ende, clava sus ojos en la mirada de quien procura caminar sin molestar al prójimo y hablo de la señora Cotilla que no puede andar sobre las aceras sin mirar con las cejas fruncidas el atuendo, rostro, peinado y pensamiento de todo el que se le atraviesa en su camino. Es una legión en minoría que contra el oleaje de la muchedumbre hace su agosto en los pasos de cebra, en los cruces de las avenidas donde parece que se pasan el día de ida y vuelta en chismosas travesías que sólo sirven para clavar sus miradas en los ojos de los demás.

Mirafijo, el jubilado malencarado que parece aliviar sus calladas frustraciones íntimas con el desprecio con el que sanciona en silencio los rostros del mundo y Mirafijo, la secretaria cotorrita que rompe con el tedio de sus horarios cansinos oteando la ropa ajena y Mirafijo, el grupo de parvularios adolescentes que van de excursión por la Gran Vía o al filo del Museo del Prado oteando por un instante el paisaje que les queda allende las pantallas de sus móviles hipnotizadores. Mirafijo, el gendarme de paisano que intenta detectar la cara de un delincuente entre el rebaño aparentemente inofensivo que cruza en tropel la estrecha nervadura de la calle del Príncipe y Mirafijo, también el portero –otrora espía—que se queda como tótem en el portal de su castillo, mirando fijamente a todo paseante con el antojo de reconocer entre las caras al azar, el rostro inconfundible de un bolchevique empedernido o la cara intacta de una vieja amante que dejó olvidada en la barra de un bar en Albacete. Son los inevitables personajes de un cuento cotidiano que va nutriendo la novela madrileña de todos los días, la épica sin sordina de las muchas personas que simplemente no pueden salir a la calle sin imantar sus pupilas en las caras de los demás, esos rostros como enigmas de un sortilegio casi inexplicable: el contagioso enredo pedestre de esa anónima legión que me mira fijamente en casi todas las calles de la villa y corte como si me reconocieran a primera vista o como si quisieran acordarse de alguna posible deuda en un juego de naipes… o como si les intimidara que simplemente no puedo quitarles los ojos de encima cada vez que camino directamente a la portadilla de sus biografías.

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