Mira, que se esconde

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Parece mentira lo que diré en estas líneas, pero consta para algunos que Madrid es villa que se esconde y corte capaz de desaparecer cuando le conviene. Hablo del vacío que sorprende a los andantes en los días de inesperado asueto o a los desvelados en las madrugadas de absoluta soledad; hablo de la última nota que queda flotando en los conciertos de auditorios ya vacíos y el eco de las escenas que quedan en la pantalla de los cines donde acaban de proyectar una película para nadie.

Madrid escondida en el bolso de la anciana que la lleva a cuestas con cada uno de sus recuerdos y Madrid en el bolsillo del hombre que parece un viajero en el tiempo: leontina, polainas, bigote encerado y chocolate en San Ginés. Son los habitantes en blanco y negro que descubren en su saliva el sabor constante de un Madrid que se esconde tras los anuncios de publicidad y tras las legiones de turistas obnubilados con quitarle las leves tiras de grasa al jamón serrano; es el ánimo que se esconde en los vientos de un otoño fugaz que ha llegado para recordarnos el aroma de una ciudad que se esconde en la cabellera al vuelo de una mujer que camina como si redefiniera el pavimento y la ciudad narrada en párrafos que se llevan bajo la boina de un poeta que recorre los viejos callejones de cantera de siglos, las risas de los niños que usan gafas desde niños y las arrugas de una vendedora de lotería que allí mismo, bajo el delantal que estira sobre la falda de cuadritos, guarda también su Madrid.

La ciudad que se revela a diario es porque se esconde de vez en cuando entre quienes la dan por hecha, la toman a gratis, la habitan sin preguntarle su pasado o respetarle su memoria. De pronto, ligera llovizna o ráfagas de un viento helado recuerdan en lenguaje de otoño que Madrid se ha escondido en el alma de quienes la cantan y los que la saben decantar, se envuelve en el pañuelo de una zarzuela que ya no se canta en voz alta y en las páginas pares de un libraco que lleva bajo el brazo la bibliotecaria de un santuario en pleno barrio de las Letras. Madrid entre un ramo de claveles con frío y en la cara sonriente de Ramón Gómez de la Serna, en el oído del sordo que sigue retocando un cuadro en el museo del Prado cuando nadie lo puede ver y en los bulevares donde camina una pareja que avanza porque se hablan, sabiendo que Madrid es en realidad esa cristalina gota de llanto que Ella siempre lleva en pupila para que la llore Otro de pura alegría o quizá de añoranza al partir.

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