Mira al vacío

Aunque vivo, el desaparecido que somos ha perdido la mirada en el vacío; el ausente que somos se queda mirando vacíos ante el espejo aunque pongamos bultos de por medio para simular contenido: la sonrisa falsa de un político en campaña, el ceño fruncido de un funcionario que se compromete siempre a llegar hasta las últimas consecuencias, la sonrisa mentirosa de la mujer maquillada y la mirada vidriosa del plagiario impune. Alguien apagó la cámara en la patrulla que se instaló para registrar visualmente los dichos de las partes y lo que quedó es un vacío inexpugnable y la multiplicación de las inferencias. Algunos llevan la callada cuenta de todos los desaparecidos que somos todos, muertos en vida o potencialmente obnubilados por el horror fugaz de ser considerados culpables de antemano, sospechosos instantáneos, infractores en potencia caídos en la cadena interminable de manos irresponsables, manos sucias por tanta mugre que dependen de las esposas o grilletes o cadenas para atar su imposición y fingir su desempeño, simulando también los uniformados la mirada que pierden en el vacío de su más íntima frustración profesional, impostada la voz, improvisado el equipamiento, inventado el escudo, inventariadas sus faltas, inmersos en la inmovilidad, imposibilitadas las neuronas para equilibrar criterios, inversamente proporcionales al imperio del crimen con el que, de una u otra manera, están relacionados.

A la espera de un milagro, alguien intenta olvidar hoy mismo el nombre que somos todos los que estamos o hemos estado al filo de ser interrogados sin razón, subidos a la camioneta anónima con luces en el techo o sin marcas aparentes, supuestamente presentados ante la autoridad, azarosamente liberados a petición de un paseante anónimo o la luz pública o la vergüenza del espanto en cuanto empieza a salirnos espuma por la boca y se instala la amnesia del miedo, el olvido que seremos, que ya fuimos y somos ante la adrenalina insensible de la improvisación. Algunos intentan registrar los nombres y apellidos de la masa anónima que mira al vacío, y otros apuntalan constantemente el anónimo vaho que se congela entre los barrotes de las celdas oxidadas, la neblina de papeles que llaman oficios aún mecanografiados en máquinas del siglo pasado, con sellos de goma parchada en la madrugada aburrida de todos los días, donde se alargan las horas en tedios con la dificultosa sintonización de un radio que siempre suena en la distancia. La pesadilla de las llamadas delegaciones donde huele a tamal recalentado y atole agrio, bufanda sucia tejida en casa y lápices que se afilan con cuchillo porque no sirven los aparatos en el pequeño bosque de los escritorios grises de lámina gruesa y mesas endebles de madera recubierta de plásticos con la ridícula fotografía que se clona oficialmente en cada pared oficial, y los muñequitos que alinea la secretaria al filo de los teléfonos, mientras que en alguna ventana parece amanecer la mínima esperanza como espejo que refleja y refracta el instante no tan imposible en que se dibuje un perfil en el vacío: un retrato fiel de los culpables, fotografía de cuerpo entero de los responsables o el ancho mural de los cómplices que fincan en el vacío la justificación para sus desapariciones.

Hablo de la pequeña ventana de la conciencia, personal y colectiva, impalpable y quizá imprecisa que se vuelve gerundio de boca en boca con el hartazgo y la crecida impaciencia; las palabras precisas con las que tenemos la oportunidad de narrar los hechos, señalar el descaro y aliviar un poco el dolor sordo de la víctima que somos todos habiendo perdido la biografía en el vacío, golpeados sin testigos aparentes, perdidos en el municipio de la amnesia tan lejos de casa y del aula, sin la lente con la que intentábamos retratar los murales de un México perdido, extraviado uno mismo ya sin cámara ni ropa, envueltos en la pesadilla colectiva que parece no tener explicación, trama de mentiras enredadas hasta inventarse una verdad increíble en el diario inverosímil donde todos intentamos rellenar el vacío con el paisaje que se alcanza a vislumbrar desde la ventana de cada quién, como esa verdad inapelable que se asoma entre tantas mentiras.

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