Metáfora marina

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Como bípedo cetáceo, el azaroso destino de toda ballena, cachalote o delfín me afecta personalmente. Las millones de gallinas que forman fila en la megacadena industrial de las alitas con salsa Búfalo o el desfiladero en los mataderos de millones de vacunos, las alambradas en zahúrdas donde millones de cerdos mueren lejos de Segovia o las anchas manchas del camarón en los mares no me producen la grima y desasosiego, la íntima desolación y tristeza que me provoca enterarme del asesinato a mansalva de elefantes —encarnación gigante de la memoria— por creer equivocadamente que su marfil es afrodisiaco y el inconsciente destazadero de felinos para convertir sus pieles en abrigos. Incluso, aunque parezca políticamente incorrecto, declaro que la crianza de toros de lidia por voluntad y propiedad privada de los ganaderos del ramo para abono de las corridas de toros bravos donde han de lidiarse y matarse a estoque (en un polémico tema que atañe a la cultura hispanoamericana y francesa) no tiene comparación alguna con la lenta extinción del oso polar por obra y gracia del calentamiento global que según cierto imbécil no es más que un cuento chino.

En tiempos recientes, un grupo de heroicos arcángeles no se ha cansado de advertirnos sobre la muy próxima desaparición de la vaquita marina en las aguas del Golfo de California, ese paraíso que fue bautizado por Jacques Cousteau como “el acuario del mundo”. Sobrina del delfín, la vaquita es una maravilla tímida que no gusta armar coreografías cerca de los barcos y su dimensión (más pequeña que la del delfín) le permite una agilidad y velocidad que permitía mantenerla lejos de depredadores… hasta que llegó a las profundidades de su hábitat la imbecilidad humana. Sucede que de un tiempo a la fecha, se ha vuelto astronómico el precio de la vejiga de flotación de un enorme pez llamado totoaba. La inmensa fortuna que se paga en diversos mercados de China (donde una vejiga de totoaba llega a valer 50 mil dólares) se debe a la infundada creencia de que sus propiedades (convertidas en caldo o sopa agria) no solo alientan la fertilidad en mujeres (como si eso fuera una preocupación urgente en China), sino también el tono y consistencia de la piel (como si eso también fuera un asunto de urgente emergencia en seguridad pública).

La industria pesquera que se ha hinchado con la cadena inventada por el totoaba recurre a un sistema de delicadas redes submarinas que, de paso, atrapan escuelas enteras de otros peces… y sí, la distraída vaquita que —ya entrados en desahucio— también ha caído en justificados inventos de que su carne o sus vísceras tienen propiedades mágicas (en otra mentira que nos hemos inventado para hacer oídos sordos). Lo triste viene con el recorrido de su historia: la vaquita marina había sido descubierta y clasificada apenas hace sesenta años y a lo largo de las décadas, probada su inutilidad alimentaria o su agilidad en circos de prestigio, había navegado libre en las aguas del Golfo de California como un entrañable panda de ojos redondos, de tamaño abrazable y esquivo, hasta que la avaricia, la locura de siempre y la neblina de la desolación fue lentamente amenazando su existencia.

La administración de Barack Obama parece cada vez más lejana en el tiempo y muchas de las acciones positivas que emprendió su gobierno han sido ya suspendidas en un limbo de melena amarilla. Desde hace unos años se ha había hecho un llamamiento formal al gobierno de México para que se tomaran medidas emergentes y efectivas en defensa de la vaquita marina y, con o sin Trump, el lánguido limbo de la desidia ha condenado a este maravilloso mamífero, a este mágico y mítico animal de los mares a su extinción. Se trata, además, de una metáfora marina: al filo de los grandes mercados que determinan en precios exorbitantes la compra y venta del mundo, seres que apenas sobreviven en México nadan enredados en las redes de la usura y los naufragios de la ira. Cuenta atrás para todos: solo quedan 30 ejemplares de la vaquita marina en aguas de México para el futuro de fantasmas que nos acecha lentamente.

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