Mérida lenta

Lejos de la Ciudad de México es mucho más probable gozar de las bondades de la lentitud. No niego que hay rincones ocultos de Coyoacán y algunas tardes serenas de Santa María la Ribera, y que San Ángel sigue siendo relicario de tranquilidades, pero basta aceptar un poco de adrenalina y compromisos para confirmar que el ahora antiguo Distrito Federal es megalópolis de la prisa, en donde cualquier aviso de lentitud suscita desesperación e incluso ira.

Mérida, Yucatán —quizá en sintonía con muchos otros paisajes de México—, honra la pausa y el transcurso lento de los tiempos, los ratos que se alargan, la paz callada de la conversación sin aceleración, en sintonía con la estatura más o menos homologada de sus casas antiguas y en sincronía con la hermosura de sus palacios decimonónicos, acorde con el paisaje donde apenas murmuran sin prisa alguna los cenotes, las palmeras bajo la brisa que efectivamente llega a ser rápida y las flores que parecen pintarse al óleo sobre los vestidos de las mujeres sonrientes.

El filósofo Lamberto Maffei acaba de publicar en español Alabanza de lentitud, en la resurrección de los breviarios entrañables del sello de Alianza editorial. Se trata de un amable tratado filosófico, mas pedestre, que cualquier lector puede gozar de aceptar leer sin prisas ni alharacas, un bello ensayo donde no solo se elogia a la lentitud sino se explican sus muchas bondades. En un mundo en donde todo mundo parece sincronizar mejor con prisas, aquí donde todos quieren la información al instante y el dato momentáneo, la lentitud nos podría regresar al sosiego de la debida reflexión, a la pausa que puede mitigar el coraje irrefrenable, el silencio de las esperas que a veces convienen y la debida meditación de los pasos para un paseo, que no las zancadas de una carrerita.

Maffei se apoya en la neurociencia y las humanidades para edificar esta alabanza de un tema que para muchos ex defeños y neochilangos resulta de arqueología pura: la época en la que navegábamos las calles sin mapas electrónicos y los teléfonos no eran llamados inteligentes. Uno salía de casa por la mañana y nadie sabía nada de las andanzas y aventuras, hasta que uno volvía por la tarde con la mochila, el portafolio o la bolsa repletos de cosas que contar.

El autor habla de una época en la que no poníamos cronómetro de ajedrez a las conversaciones de sobremesa, los tiempos en que podemos invertir más en la mente que en la adrenalina acelerada del cuerpo… y eso se transpira en Mérida lenta; pero, al mismo tiempo, pasar unos días en esta joya de Yucatán permite confirmar que hay vecinos y habitantes que —aún vestidos de blanco y tatuados con todo el encanto del pretérito maya— viven sus prisas y causan embotellamientos de tránsito allí donde los turistas creíamos que solo circulaban calesas con caballos somnolientos. Parece increíble que bajo el sol quemante y el calor infernal se transpiren también señales de la prisa posmoderna que aqueja al mundo.

En Alabanza de lentitud, Maffei evoca aquellos grabados donde tortugas lentísimas llevaban velas hinchadas de viento sobre su concha para ilustrar la frase Festina lente, que en México quiere decir “Despacio que llevo prisa”. También recordemos que el inmenso tipógrafo Aldo Manutio llevaba como sello al delfín atado a un ancla, como hermosa metáfora de la desaforada prisa con la que el delfín surca los mares del tiempo, al tiempo en que su ancla permite detener el tiempo transcurrido, congelar el instante que es efímero fugaz, y por ende eterno. Hablo del abrazo que se dan dos amigos que sellan en un instante ya tantas décadas de lecturas compartidas, y hablo del silencio que acompaña el paso increíble de las aves que —volando a toda velocidad—parecen detenerse en pleno vuelo, como si alguien las acabara de pintar. Son los mismos brochazos al óleo de quien logra que el sol se derrita en naranja caliente sin aceleración de video adelantado, la calma quieta de los amplios e interminables mantos verdes que, tarde o temprano, desembocan en el mar, y ese tiempo suspendido en azul purísimo que llaman cielo, en su lentitud iluminada por las miles de estrellas en las noches donde lo que menos conviene es pensar en prisas.

Por todo ello, y quizá porque tuve mucho tiempo para pensar con calma mi renuencia a quejarme de tanta mala noticia y porque empecé a leer sin prisa el Elogio de la lentitud de Lamberto Maffei, me quedo mirando felizmente al vacío y anhelo volver muy pronto a ese sabor del alma que bien podría llamarse Mérida lenta.

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