Medio siglo psicodélico

Medio siglo psicodélico

En la infancia te llevaron en un taxi de periódicos por un sendero alineado por gigantescos girasoles para buscar a la niña con los ojos de calidoscopio, y todo se fundía en un morado de naranjas con verdes en humo constante sobre una melodía pegajosa que se entreveraba con la siguiente canción, sobre el giro interminable del acetato, mientras tus padres reían a carcajadas y, de pronto, te recibían en la entrada de la primera página de tu propia biografía los cuatro uniformados que asistían al entierro de ellos mismos (allí presentes, vestidos en blanco y negro) sobre la tumba de una guitarra hecha con flores y todos los invitados del gran carnaval de la humanidad, donde dicen que falta Tin Tan, pero están todos los que están y no todos los que son los de antes que fueron al falso funeral del apóstol Pablo para que la banda siguiera siendo la misma, siendo Otra, mejorada con la simple ayuda de los amigos, los que te preguntan qué ves cuándo apagas la luz.

Imagínate sentado en la barca que creías chalupa bajo cielo de mermelada, entre los árboles de mandarina con flores de celofán que se confunden con los uniformes psicodélicos de los profetas que han decidido encerrarse al aire libre para componer la música que hace volar a una niña sobre el cielo puro de diamantes y, desde el púlpito, se nos recuerda que todo, absolutamente todo se ha de poner mejor y mejor como sonsonete hipnótico, para que te claves con el alma en la palma arreglando los hoyos que llevas en la piel, y una cascada angelical del arpa con cuerdas afines te narra la triste y feliz historia de la niña ya hecha mujer que ha de irse para siempre de casa, saliéndose por la cocina hacia la absoluta libertad donde nadie le mide la falda ni el nombre del novio.

Entra nuevamente al circo del señor Papalote, donde asisten todos los personajes de cartón que caben en tu imaginación en colores; todos bailan y la música se vuelve un carrusel en la más tierna memoria de tu infancia, que ya pinta para vejez cada vez que rondan sobre la arena los caballos de caramelo de un piano viejo que suena a lo lejos, caído del cielo, donde los cuatro profetas que te hablan en tu nuevo idioma te llevan a la carpa oriental del Marajá de Karputala para tatuarte en la frente el rojo lunar que te recuerde que estás siempre dentro de ti mismo, incluso ausente de ti, y alguien cambia el registro del clima y te ves tarareando una profecía, una perfecta premonición de cómo serás a los sesenta y cuatro años de edad, con esa música que tarareaban tus abuelos, siglos antes de que los profetas la grabaran en estéreo y todo se mezcla en un torbellino feliz donde te enamoras de la bella Rita, la que envuelve su mirada como caracoles entre los parquímetros del sendero por donde vuelves a navegar cada vez que te dan los buenos días, todos los días, la banda de los Corazones Solitarios, a la que quedas unido desde los cinco años de edad sabiendo que podrás envejecer con las múltiples oportunidades que se te brindarán para que no te vueles los sesos en un accidente de automóvil y llegues a la oficina justo a tiempo, corriendo desde casa, donde apenas pudiste pasarte un peine por el fleco y vuelve a caerte encima el piano que alguien grabó desde la mágica altura de la enésima pista donde se te recuerda que lo único que necesitas es un poco de ayuda de todos tus amigos para que una canción se convierta en todas las canciones del universo, que pueblan el discreto campo interminable de fresas por donde vuelas en las horas del recreo para volver a la hoja cuadriculada de todos tus esfuerzos en el pupitre, donde la emperifollada maestra bizca intenta calificarte la capacidad de tu memoria sin saber que al reprobarte está mancillando el milagro de que, así pasen cincuenta años, seguirás soñando contra todas las puertas y candados con el impagable salvoconducto de escaparte de esta pinche realidad y volar, volar y seguir volando por las cuerdas de una orquesta sinfónica que acompaña el ritmo que marca Ringo en la batería y la delicada filigrana de George sentado en flor de loto requinteando un sitar hindú, mientras John y Paul entrelazan la perfecta armonía que traspasa las fronteras del tiempo… hoy que vuelves a comprar el mismo disco de hace medio siglo para que tus hijos te canten cada una de las canciones que ellos mismos ya tocan de memoria en la partitura emocional de su propia vejez infantil.

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