‘Me-dan-cia A-bun-rez-co’

karime-maciasEn el enrevesado escenario de la tragicomedia nacional es muy probable que toda la realidad surrealista la veamos exactamente al revés, inversamente proporcional a la patética podredumbre de nuestros políticos imbéciles, rateros irredentos, corruptos consumados y, para colmo, temblorosamente rendidos a los pies del copete de peluche. De entre todos los siniestros personajes de nuestra desgracia telenovelera no hay nadie que me divierta y enoje, me desternille y saque de quicio como el nefando Javier Duarte y, ahora, su first lady, Karime Macías, quienes hoy tendrán que administrar su abundancia desde la anónima alcantarilla donde se encuentran sumidos, en tanto se despejen los ánimos y puedan campear impunes por el mundo. Al huir, el gobernador del horror, el que pretendía emular a Francisco Franco hasta en la voz chillona de sátrapa tropical, era un cerdito en vías de adelgazamiento que presumía el guango cuello de sus guayaberas y, una vez huido, se encontró un pasaporte falso donde el bicho —ya con rostro adelgazado— mostraba bigotito a la requinto en trío de tugurio y “Alex” como su nuevo nombre de batalla, por lo que no sería de extrañarse que la simpática y gentil Karime —otrora Primera Lady del estercolero jarocho que ellos mismos enfangaron— sea hoy no más que un cetáceo de 156 kilos, administrando de veras la abundancia del suadero.

Quizá se trate de un error en las planas y en la huida, pero Karime perdió la caniquita y en vez de seguir sus renglones intactos de “Si merezco abundancia” ahora se esconde en el fondo de las cafeterías anónimas y los cuartuchos de escondite llenando plana tras plana con “Me-dan-cia A-bun-rez-co”, línea tras línea en el patético y lamentable desenlace que se fraguan los prófugos de pacotilla: habiendo soñado impunidad absoluta y tiempo sin tiempo para degustar la abundancia de todo y tanto lo que robaron —todo lo que arrancaron de las arcas públicas y arrebataron de los enfermos y ancianos en los hospitales, los niños en las escuelas, los burócratas en cada uno de sus trabajos y los cientos de periodistas torturados, desaparecidos y asesinados—, en vez de saborearlo son ahora los habitantes de los túneles y los cuartuchos, idénticos en políticos huidos y narcotraficantes de túneles, habiéndose creído faraones capaces de ligarse a divas de telenovela (idénticos políticos y narcotraficantes por igual) caen en la huida sin muchas maletas, con habitaciones donde siempre se ven rollos de papel higiénico dispersos sobre camas con colchas aterciopeladas que reproducen la sonrisa de tristes tigres en naranja y verde. ¡Ay, imagino a la ahora gorda Karime maquillándose en el baño de un Oxxo y al ahora famélico Duarte mirando en lontananza, viendo cómo se evapora su increíble sueño de consagrarse un Valle de los Caídos en Boca de Río!

Ella ha de seguir haciendo planas e intentando recrear en cuadernitos (ahora de engargolados baratos y ya no las caras libretas Mont Blanc) el enjambre detallado del imperio de sus robos, la trama selecta de los prestanombres y las cantidades exactas de la ordeña diaria… y sí, la lista de libros que se supone leía a solas y en selectos círculos de lectura, los autores que no lograban abrirle los ojos a su obnubilada ambición de soberbia y corrupción. Herederos de la melaza aún sin esclarecer del otrora cónsul Fidel Herrera, la parejita Duarte se creyó heredera también de la facilidad de los salvoconductos, de la funcionalidad de la impunidad, pero resulta que no son de esa casta sino de la lamentable cuadrilla de los raterillos de siempre, los que huyen en pareja porque ya ni los prestanombres los quieren reconocer en el desamparo y desahucio de la desesperación demente, los transformados por cirugías plásticas o por adelgazamientos forzosos que buscan la posibilidad de esconderse en Birmania o invertir en Bolivia o quizá, incluso, esconderse en un cafetal cercano a Xalapa, donde se alcancen a escuchar los lamentos de tantos fantasmas, tanto muerto y tanto ciudadano honesto que no alcanza la vida para mentarles la madre y desearles el tormento interminable de no saber a ciencia cierta quiénes son y a qué vinieron a este mundo, aunque intenten buscar una respuesta en la hipnótica repetición de planas y planas de puras incongruencias.

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