Macondo en La Mancha

Diría que la llanura ocre y amarillenta que se extiende cerca de El Toboso es el espejo de un llano verde y floreado que conduce al pueblo de Comala en Colima, que no es de Juan Rulfo ni se prende en llamas de prosa pura; diría que la ancha patria del Caballero de la Triste Figura en su topografía accidentada desde Toledo al Toboso es el paisaje en prosa de toda la imaginación hispanoamericana si no supiera como verdad inapelable que D. Miguel de Cervantes nos jugó en realidad un magnífico juego de palabras: La Mancha que aparece en los mapas es no más que ventana de la mancha tipográfica donde impresores de tipo móvil y pantallas de Tablet electrónica acomodan una a una las letras que narran las aventuras no sólo de la más grande historia jamás contada, sino las vidas de cada uno de los lectores que cierran el círculo de su magia.

Vine a El Toboso como quien llega a Comala a buscarle el fantasma de Susana SanJuan a un tal Pedro Páramo y descubrí que la joven moza, labriega de sudores olorosos, ancha de cara y cintura no de avispa que soñaba Don Quijote es Dulcinea del Toboso al mismo tiempo en que no deja de ser Aldonza Lorenzo, hija de Corchuelo y dicen que incluso por aquí anduvo el periodista Juan Cruz para buscarle la sombra a la Emperatriz de La Mancha y terminó empadronando a una joven ingeniera experta en pozos petroleros. Pienso entonces que La Mancha es Macondo si no fuera porque la extendida llanura salpicada de molinos de viento antiguos y de las modernas aspas de los molins galácticos no tiene la espesura surrealista de la selva que me espera en Aracataca. A cualquiera se le enredan los párrafos y a lo lejos se escucha música mozárabe en pleno siglo XXI porque una pareja de novios gitanos ya se aburrió de bailar la madrugada al ritmo de la Macarena y pienso que no hay un solo abuelo que no confunda las parcelas sembradas con modernas placas de energía solar con un ejército invasor salido directamente de La guerra de las galaxias. Por allá avanzan un borrico que tienen cinco siglos de edad cargando las mismas fanegas de trigo y por la izquierda lo rebasa una furgoneta metálica que lleva en su envión el necio regaetón de su modernidad impostada; la banda manchega toca sin mácula la partitura de una música que van clonando las andanzas de Sancho y Quijote al tiempo que me alivia ver que todos los niños del pueblo juegan en las plazas sin necesidad de recurrir a los artilugios electrónicos de moda: juegan a correr y a reír, a volar con los brazos extendidos y a fingir que uno se convierte en dragón. Un cura me aclara que quien llega a El Toboso no “topa” con la Iglesia, sino que da con ella de frente, su torre majestuosa y a la sombra de su perfil la casa que han inventado como palacio de Dulcinea cuando en realidad fue casona de una mujer de antaño, posible musa múltiple de Miguel de Cervantes, el hombre que llegó lisiado de Lepanto y sobrevivió las penas de Argel para inventar en la eternidad de una celda la loca historia de la razón de la sinrazón que une hasta el día de hoy los sueños de lectores y escritores de mabos lados del Atlántico en ese territorio de La Mancha que bien señaló Carlos Fuentes en su Geografía de la Novela y que supo poner en versos Octavio Paz al describir la piel de piedra de todos los pasados que nos unen.

Vine al Toboso para verificar la entrañable calidez de un hogar cervantino donde sonríen Angelines y Juan Alfonso, y para que la distinguida Alcaldesa de El Toboso me condecorase nada menos que con el yelmo de Mambrino. A medio millar de vecinos y al que esto escribe les consta que la ciudadana Alcaldesa Doña Pilar Arinero es de las pocas voces en la política del mundo actual para quienes todos los dineros de la cultura no son “gasto” (como lo contabilizan erróneamente los economistas ignorantes) sino “inversión”, como consta en el futuro que se construye en El Toboso para los más de cien niños que aún estudian en su escuela primaria y los cientos de jóvenes que prosiguen su educación en pueblos aledaños, y los soñadores que dedican horas a estudiar música y letras en sus ratos libres y los que saben que pueden conquistar al mundo entero en cuanto crucen los campos de Montiel con la espada de su imaginación en ristre, la armadura de su conciencia limpia y la ilusión desatada de todos sus sueños alcanzables por el milagro de comprobar que todos los paisajes del mundo caben en las vistas que se palpan alrededor de El Toboso, como consta que la silueta de una nube no es la sombra sino el retrato de la mujer amda y los brazos que te abrazan de madrugada son las ramas de los olivares que llevan aretes verdes en sus lóbulos, el collar de los ajos que cuelga en las paredes encaladas como perlas y el camino de arena empedrada que rodea la casa que es museo de Cervantes con todas las ediciones imaginables de ese libro que nos une, la misma historia multiplicada en todos los idiomas del planeta y el mismo ejemplar que se clona en las dedicatorias de sus más diversos lectores: de reyes de la democracia y figuras de la libertad, a dictadores cercanos al Infierno y escritores de diverso plumaje.

Vine a La Mancha para celebrar tres décadas de leer cada abril la historia que en realidad no he leído aún, pues me queda el año que vienen para volver a recorrer sus páginas como quien deambula sobre el lienzo policromado de un paisaje que parece la piel de un sueño. Vine a La Mancha porque en realidad quien se deje encantar por sus enigmas, confirma que de aquí no se va nunca nadie.

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