Luna de Saturno

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Amanece el insomnio de quien duerme por horas sueltas, tramos de noche o día que simulan un viaje por las estrellas como distracción del enrevesado mundo que gira allá afuera. Amada amiga adorada agoniza en terapia intensiva, lejos del abrazo que le intento dar a cada instante, y por ello la realidad se vuelve una pantalla plana de marasmo y confusión, desidia y desilusión. He visto que el delirante demente amenaza por Twitter con bombardeos al otro lado del mundo y que se le caía la face de vergüenza al inventor del Feis que contiene el íntimo algoritmo de millones de personas que revelan su intimidad sin saber que nos volvemos corderos de los mercadotécnicos o vigilantes, y he visto que el equipo de Messi se volvió falible en el Coliseo de Roma y que han descifrado el cráneo de una momia peruana que parecía extraterrestre de calavera de cristal, y en los teléfonos aledaños se entretienen los pasajeros con videos de una nutria que baila tap y de un ciclista que cae por un despeñadero, y de una mujer que salta por encima de un edificio y de la mejor manera para abrir una botella con un abrelatas o de cómo construir una cabaña con palitos. El mundo es ahora la esfera donde el chisme de dos reyes de España se conjugan al mismo tiempo en que en un canal ofrecen indulgencia plenaria dos papas que sincronizan su bendición mientras una porción de una parte de un país se declara independiente tras las rejas de una cárcel, y en la selva languidece el último rinoceronte blanco que han de dibujar los niños de mañana como utopía para un futuro sin elefantes como telón de fondo para un concierto ecuménico donde músicos de ejércitos enemigos han de intentar la obertura de la paz como despedida para el inmenso témpano de hielo que se ha desprendido de uno de los dos polos para inundar de agua salada los párpados en el amanecer incierto y enredado en el que la primavera se vive como horno o hielo, lluvia o esponja de todas las flores lilas que llueven para alfombrar de morado las calles lejanas de un rincón del alma que no quiere llorar la desolación o la amnesia. El mundo es el escenario por donde corren las naves de Fórmula Uno y el silencio de las últimas bibliotecas abiertas, es el estrado de los magistrados corruptos y de los abogados honestos que intentan defender las causas perdidas, y el inmenso mercado donde todo se vende o se clona y en medio de la vorágine resuena una música hipnótica que pone a girar las pupilas mientras una voz invisible anuncia que hay rastros de vida en Marte y que las nubes de Saturno quizá tengan eso que llaman agua entre los anillos maravillosos que se han fotografiado como tenues líneas que rodean al inmenso planeta, cuyas lunas se han dejado retratar, al menos una como antojo para que todo solitario se inscriba en una nómina, una lista para hacer fila y volar mañana mismo en solitario contingente para poblar una luna de Saturno, campamento de la melancolía, base de evasión y eterna desolación callada para intentar escribir los párrafos que han de librarnos de tanto y tantos. Allá, Luna de Saturno: la sonrisa intemporal, las manos entrelazadas, el niño que esgrime un cuento de piratas y el otro que se disfraza de superhéroe para tocar el piano, el sendero de sombras de un parque arbolado, alfombra de buganvilia, esculturas anónimas pegadas a la pared y pinturas en colores pastel que reproducen el monólogo de un hombre parado en una playa con un perro a sus pies, y a lo lejos se ve la raya de un avión que se aleja en vuelo directo de la Luna de Saturno al corazón más feliz en vuelo directo, trasatlántico y galáctico, sin rostro ante el espejo y con la corbata más elegante para celebrar que la mano izquierda es la metáfora misma de esa Luna inalcanzable que se ha dejado retratar para que todo aquel que la contemple imagine por unos instantes que aquí no ha pasado absolutamente nada, que todo sigue y seguirá en un apacible silencio que nos abraza a nosotros mismos con la callada resignación o reconfortante ilusión de que por un instante más se respira la felicidad que vimos no hace mucho tiempo en el borde de una mirada clara y entrañable que parecía siempre sonreír.

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