Los Otros

otrosEse que se burla de las propuestas ajenas no tiene alternativas propias, y aquel que se avergüenza de la ignorancia del Otro no oculta su propio desconocimiento; esa que se ríe a carcajadas de la imbecilidad de su vecina no mide su propia estupidez, y aquella que comenta la desvergüenza de la Otra esconde minuciosamente la suya. El que avanza con prisa por el carril de la izquierda, pasándose los semáforos y toda regla de tránsito, ha de cruzarse en alguna avenida con su clon, que hace lo mismo al volante de un coche idéntico. La señorita que mira de reojo a la contertulia de vestido floreado parece no recordar que ayer mismo andaba vestida con el mismo diseño de mal gusto.

En una sobremesa se escucha un largo chisme que delata las fechorías de quiénsabequién, y en el silencio que se instala sobre el mantel parece que los demás hacen oídos sordos ante la evidente coincidencia de que el delator parece estar hablando de sí mismo. En una honesta confesión de una culpa cualquiera, la señora del 76 va hilando palabra por palabra todas las fechorías que ella misma cometió sin que hubiera alguien —como ella— que ejerciera esa rara interpretación de justicia en propia mano que ella misma endilga a la Otra, y ese señor que viaja dormido en un vagón del Metro es objeto de una silenciosa burla por parte de su gemelo virtual, que no solo viste igual a él, sino que comparte más o menos la misma biografía emocional y biológica, aunque la mínima diferencia se halla en que aún no se ha quedado dormido.

En el estadio llegan en legión los aficionados de un equipo casi al mismo tiempo en que se instalan en la grada los forofos del rival: ambos contingentes llevan el mismo atuendo de camisetas con nombres de jugadores a la espalda, bufandas con los colores de sus respectivos clubes y sincronizan las mismas canciones en las porras que lanzan con idéntico fervor. En la competencia del concurso anual de oratoria entre dos escuelas tradicionales en la comarca de su compartida convivencia, resulta que los alumnos tienen más o menos el mismo nivel de verborrea, planteamientos y uniformes escolares. De lejos, se escucha el enésimo reguetón, que clona con ligeras variaciones la misma cancioncilla hipnótica que mueve los bailes del joven de familia rica que se viste como rapero del Bronx, con la misma gorra ladeada y unas cadenas doradas que le cuelgan por el pecho sobre el mismo número anónimo de un jugador de futbol americano, que quizá también acostumbra portar los mismos pantalones de mezclilla que se le caen por la rabadilla a lo Cantinflas en pleno siglo XXI, donde parece que el nuevo asesor del inefable Donald Trump parece uno y el mismo encorbatado delirante que desfila por los pasillos de los aeropuertos en diversos puntos del planeta, con una combinación de camisa, traje y portafolio que clona el aspecto que presentó un médico samaritano al aterrizar en un helipuerto del continente africano, a donde ha llegado para asistir a una comunidad hambrienta y desesperada de migrantes que desde la toma de un dron parece ser un grupo idéntico al que se fotografió en una playa del Mediterráneo, o desde la alambrada en un campo de Atenas donde se mueven idénticos los presos para huir del horror y los custodios uniformados para seguridad, y en un callejón olvidado de la parte menos turística de París se ha visto una escultura en yeso que resulta ser idéntica a la figura de barro que ayer mismo metió en un horno casero un ceramista aficionado en algún lugar de Chiapas, para confirmación inexplicable de que ése que se acerca al espejo es capaz de no reconocerse y, más aún, denostar su propio rostro como si se tratara de un perfil ajeno, enemigo de facto, a temer y evitar en cuanto se disipa la necia neblina de todos los prejuicios que poco a poco se van filtrando en el ambiente como vaho.

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