Los necios en conjura

nueva-orleans-protesta

Protesta en un debate de candidatos al Senado el pasado 2 de noviembre en Nueva Orleans./Gerald Herbert (AP)

Hacía meses que no llovía en Nueva Orleans y quiso el azar soltar una tromba justo la víspera del día de las elecciones presidenciales más enrevesadas de los tiempos recientes de los Estados Unidos. El diluvio obligó a no pocos huéspedes y lugareños a refugiarse en el Carrusel, antiguo bebedero de William Faulkner en el gran Hotel Monteleone, en pleno corazón del French Quarter e improvisar una tertulia que iba de las banalidades de la obviedad a la vera preocupación por los secretos códigos nucleares. Hay quienes hablan de que Hillary vivirá lo que llaman en inglés Landslide, que debería traducirse como el apabullante deslave de un cerro que se desgajará sobre el copete engreído de Donald Trump y luego, hay quienes temen que el resultado será muy cerrado y no tan apabullante, aunque no imaginan ni la remota posibilidad de que triunfe la demencia del mentiroso magnate.

Pero estamos en Nueva Orleans y, como decía Ignatius J. Reilly —el entrañable cetáceo de La conjura de los necios, genial novela del malogrado John Kennedy Toole— estamos en una “confortable metrópolis que combina cierta apatía con inmovilismo que me resultan inofensivos”. Hasta allí la cómoda cita del enloquecido personaje del bigote de morsa, pero en la lluviosa realidad de la víspera no deja de cimbrar la calma de todos los tertulianos la repentina exposición de motivos que proclaman los Trumpistas convencidos. Hablo de la mínima conjura de necios que se dieron cita en el Carrusel para celebrar la víspera (imitando el tono bravucón de su candidato que no deja de amenazar su creencia de que las elecciones están “amañadas” y asegurar que mañana mismo será su día de júbilo) y justificar las bravuconadas de su candidato con el desprecio que sienten por la pareja Clinton y el desahucio que creen haber heredado de las presidencia de Obama; entre ellos, la sorprendente presencia de un latino que asegura que “lo del Muro no es más que un sentido figurado”, pues cree a pie juntillas que en el fondo, su candidote Trump “es el único de los dos contendientes que realmente ha prometido trabajo para los latinos”. Los necios fincan su conjura en el hecho de que el increíble fenómeno ahora político del otrora magnate de teleserie no es más que el sueño idealizado de un forajido solitario contra el sistema como Ogro con mayúscula, y justifican incluso su falta de espíritu ciudadano y esa habilidad para “ganar perdiendo”, no pagar impuestos y capitalizar bancarrotas como “el perfil ideal de un auténtico triunfador”.

Lo cierto es que se abate el viejo silogismo de quienes creíamos entender a la alta política norteamericana como un cíclico juego de relevos generacionales: Kennedy venció a Nixon por un mínimo margen por un relevo generacional que exigía en el reloj norteamericano la llegada de una pareja presidencial joven hasta en los peinados y que incluso iban a tener un bebé en la Casa Blanca; la siguiente criba generacional llegó cuando Clinton —tocando el saxofón y aceptando haber fumado mariguana aunque “sin inhalarla”— ganaba la contienda a un Bush que había cosechado altísima popularidad en las encuestas con la primera Guerra de Irak… pero mañana, ambos candidatos son mayores que el presidente que deja ahora el poder, dejando además un vacío ejemplar que en mucho explica las confusiones y revuelos que pone espesa la saliva de los necios Trumpistas en conjura y las debilidades de las esperanzadas masas Clintonianas: las filas de jóvenes, las millones de mujeres, los alineados BerniSanderistas, los hispanos que esperan ahora apuntalar en masa su importancia electoral y la sombra de la población negra que por lo menos aquí en Nueva Orleans es mayoría, así como toda la comunidad del jazz de esta ciudad tan Caribe, en un estado pintado de rojo Republicano por las simpatías conservadoras de los municipios del norte de Louisiana.

Lo que urge en Nueva Orleans es que pare de llover para que la tertulia donde ya se vuelve nocivo el discurso de los necios en conjura se vaya con su candidote de piel anaranjada a otro barrio y nos dejen ensayar la libre descarga del mejor rostro musical de todo eso que llaman americano a quienes definitivamente no podríamos imaginar al Orate del Copete Amarillo con los códigos nucleares en las yemas de los dedos. Que deje de llover y puedan acudir en masa los muchos habitantes de esta ciudad antes francesa, tan Caribe y tan literaria, para empezar a poner en un nuevo equilibrio la muy movida y mancillada cordura o razón de la sinrazón de la llamada Unión Americana, aunque fuera como propone Ignatius J. Reilly cuando afirma que “Se ha de imponer una regla firme sobre nuestra nación antes de que se destruya a sí misma. Los Estados Unidos necesitan algo de teología y de geometría, algo de buen gusto y decencia, pues sospecho que estamos columpiándonos al filo del abismo”.

Leer en El País

Deja un comentario

Show Buttons
Hide Buttons