Los dibujos de Ramón
Caricatura de Ramón Gómez de la Serna (Automoribundia, 1948)

Los dibujos de Ramón

Ya no es secreto que muchos escritores apelan al dibujo al vuelo como aliciente o acicate de su prosa: en cuanto se enreda un párrafo, el dibujo de la escena puede desmadejarlo o en cuanto se dibuja al personaje —con sus rasgos, complexión y fisonomía— se facilita la trama donde su autor ha de conferirle un feliz o lamentable desenlace.

Ramón Gómez de la Serna distinguía claramente entre el dibujo de escritor y el del dibujante; decía que “con la pluma del escritor están hechos esos dibujos, de los que me siento orgulloso por lo malos que son, pues solo así no repugna a mi temperamento el amaneramiento del dibujo. Intentan hacer más expresivo y alegre lo que va escrito, y en ninguno está afondada la monotonía abrumadora de la insistencia. Todos salieron de una vez, recogiendo el grafito de cada cosa”.

A Ramón le gustaba dibujar y soltar greguerías al vuelo. Igualmente, dibujaba sus monitos a la primera. Algunas de esas genialidades eran aforismos-retruécanos-albures y juegos verbales que provocaban en su autor el antojo de dibujarlas, no para competir con los dibujantes profesionales, sino para extender esa suerte de juguetería verbal en la que toda su literatura se volvía carnaval silábico al servicio de sus historias.

Capaz de mantener un apasionado romance con un maniquí maquillado pero inmóvil o de izar en vilo la tertulia que fundó en la cueva del Pombo, Ramón aparece filmado en pequeños cortometrajes como un hermano ibérico de Groucho Marx y, a veces, hasta se escucha su voz sin bocinas en los párrafos de sus crónicas y novelas, pero es en las mil y una greguerías donde se resume su ingenio de genio como crisol de variados talentos. Decía de un hombre que llevaba tanta prisa que abrió al mismo tiempo ambas puertas del taxi, que la B era una P embarazada y que en las noches, los gatos deambulaban con las luces encendidas en sus ojos.

El Museo de Arte Contemporáneo de Madrid presenta en estos días una generosa muestra de dibujos —escritos, que no sólo pintados o mejor dicho, redactados a línea y en tinta— del escritor que hacía visual lo que vertía en prosa o versículo. Quienes se acerquen al Museo Ambulante del genial autor deambularán por el espacio intemporal de lo que fuera su despacho, su escritorio como un juego de espejos y los biombos como escenografía de su más pura inspiración.

Muchos escritores célebres hacían dibujos, pero los de Ramón confirman la sana enfermedad de quien escribe incluso cuando no está escribiendo. Es el pensamiento andante y la curiosidad incesante por absorber todo lo que nos rodea y por ello, bien vale cualquier intento por imitarlo.

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