Lo que se queda

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Se queda la sombra de lo que fui y la nube de un ojo izquierdo, el tráfico insoportable de millones de coches sin rumbo y un atardecer en Oaxaca. Se queda la noche de los libros sueltos en Guadalajara y dos párrafos que no quieren convertirse en ensayo; los versos que alguien recuerda y las calles cacarizas de una ciudad que se desgaja. Se queda el sabueso somnoliento de las orejas largas y la niña que sueña pinturas de paisajes en colores pastel; se me quedan las viudas de todos los amigos entrañables que siguen dando cátedra en los estantes de sus libros y las carcajadas invaluables de los mejores y mayores escritores que me alivian la greña cada vez que los veo. Me queda la música callada que va envuelta en cada canción que ya rara vez se repite, las quinientas fotografías en blanco y negro y las paredes que se van vaciando, los libreros vacíos, la bugambilia intacta, las calles moradas, las malas noticias: se me queda en la saliva la rabia de tanto político imbécil, tanto corrupto irredento, tanto plagiario impune, tanta mentira inapelable, tanta confusión entre saqueadores impostados y gobernadores saqueadores, mensajes al vacío de la Nación y nombramientos de imbecilidades diversas, asesinos a sueldo y sicarios improvisados, estudiantes de secundaria en el desamparo y los niños que reciben agua destilada como quimioterapia en placebo.

Se queda la selva y sus secretos y los llanos en llamas en el centenario que se supone nadie debe mencionar como recuerdo de Juan Rulfo y las flores que alguien entregó para que se sequen en la tarja del lavabo, el agua que sale cobriza y escasa en la zona del Deprimido nunca mejor dicho: la zanja que se hunde por debajo de donde cruzaba un río, los dos niveles para más y más coches y el adefesio de un edificio incongruente en la esquina donde se alzaba un cine en cuya pantalla sigue pasando como neblina la adolescencia perdida de un tiempo sin teléfonos celulares ni pantallas planas, de golosinas sin advertencias de colesterol y compañeritos de banca que eran simplemente pendejos y no diagnosticados con eso que ahora llaman su atención dispersa, los tíos que morían de tristeza y las monjas que hacían votos perpetuos para combatir su soledad.

Se queda el tiempo de la credulidad instantánea y los misterios de todo lo que ahora explican los economistas con gráficas en tercera dimensión, la justificación de los precios, la insolencia de los abonos y los sueldos de los senadores, la descarada opulencia de las meretrices analfabetas, el afán incansable de los que trabajan de sol a sol, las veinticuatro horas de casi insoportable sobriedad que cumplen calladamente algunos arcángeles ejemplares y la cara entrañable de mi madre. Se quedan las manos y la música de mis hijos que siguen siendo las dos mejores personas que conozco en el planeta y la sombra de una Luna que visitamos en lecturas compartidas, la manera en que duermen con suspiros desde niños y los ojos donde cabe el mar con todas sus nubes en un azul de frío que se vuelve calor intenso al mediodía en la ciudad que vive todos los climas del mundo en una jornada donde el que se despide sabe que sabe porque también se queda.

Se queda el que escribe cada jueves la ilusión de ser el mismo con el intento de ser un poco mejor u Otro, para leerse a sí mismo en el espejo de la página y jugar a que el océano no es más que la ventana para un amanecer que merecemos. Se queda el que llega hoy mismo a Madrid como quien vuelve de quién sabe dónde, pero vuelve y se queda el que camina ya con el horario volteado en la madrugada helada de la nieve sincronizada al alba con las voces de todos los albañiles y sirvientas, pasajeros y paseantes de ese México que se queda en el corazón de quien se va, sabiendo que el propio corazón mancillado se renueva con el latido de saberse quedo, quedado, que se queda, que se queda en el recuerdo de quienes de lejos ayudan y alivian sus párrafos.

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