Lo de las filas

A veces creo que se trata de una malformación genética y otras, un dengue generalizado que se propagó en los programas de la educación básica; luego, hay días en que supongo que se trata de no más que de ansias ante un desamparo o avisos ajenos ante el abismo. Hablo de ese raro afán por tocar la espalda, cuello, hombros, codos o brazos de quien hace fila y lo hago por la confirmación estadística de que en España –y particularmente, Madrid—resultan ser los lugares del Universo con mayúscula donde parece inevitable que toda persona enfilada ha de tocar o al menos rozar a quien le quede por delante. Ni en la estación espacial –con todo y ausencia de gravedad—existe esta notable inclinación por tocar o rozar en fila como avisando que ha llegado un nuevo eslabón a la cola.

El tema no es baladí ni intrascendente si se considera que en otros países y culturas es asunto notablemente considerado (si no es que sancionado) el hecho de que un transeúnte, pasajero o pedestre, ose tocar al prójimo o próximo en cualesquier circunstancias, pero en Madrid ¡Viva la Virgen! que si me quedas a tiro, sea en la fila del cajero del banco, en la línea de las entradas al cine o al estadio, en la cola de las palomitas o churros y no se diga que en la hilera heroica de los mercados y supermercados, allí estará la mano tendida, el brazo incomodo que se acerca a la mitad de la espalda o el hombro enano que roza su estulticia anónima con la espalda ajena, normalmente ajena a todo lo que se va formando por detrás hasta que llega alguien a preguntar ¿es aquí la fila?

Cascarrabias, intolerante y necio en fijación de minucias que no vienen a cuento son algunas de las respuestas que uno recibe por este tipo de ponderaciones, pero insistiré en la indagación hasta confirmar si se trata de una secreta conspiración de la liga de esparcimiento del microbio o bien una conmovedora necesidad de percibir el calor ajeno por parte de anónimos enfilados herederos o directamente víctimas de los horrores de una dictadura en el pretérito. He de confirmar si se trata de un mero problema de geometría superpuesta entre seres móviles e implumes, bípedos parlantes o bien un despiste más de la cotidiana fantasía española y zarzuela madrileña donde una inmensa mayoría de habitantes, gatos de nacimiento o felinos de adopción, andan sin ver, caminan con la vista distraída en el móvil o en el paisaje de al lado y al encontrarse con una fila han de tocarle el lomo a quien ya se encuentra formado como para avisarle que ha llegado, como para apartar su lugar en medio del mundo o bien, tan sólo para dar una pequeña lata… que de eso también se vive.

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