Las uvas del odio

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Más que ira, es odio. Odio puro y puro odio. Desde el día en que lanzó su candidatura a la presidencia de Estados Unidos (una locura que parecía pura payasada), el imbécil infinito llamado Donald Trump no ha hecho más que apuntalar un contagio efervescente de odios, donde se logran constantes reacciones de irascibilidad y rechazo, pero que al final de cada callejón encuentran una misma saliva compartida: la baba pesada del odio puro, esa espuma que nos hace desearle no solo un ataque intempestivo de alopecia anaranjada, sino un directo infarto al miocardio millonario en el mero centro del corazón de sus mentiras.

Sus seguidores, incluso los callados radicales que se ven moderados a su lado, son el mejor ejemplo de la sintomatología del contagio. Carl Paladino —otrora asesor de Trump y hoy Paladín del Presente Pernicioso— ha declarado que desea que el año 2017 traiga “la muerte de Barack Obama” y que a su esposa, hasta hoy Primerísima Dama de los EU, “me encantaría que la dejaran suelta en el campo de Zimbabue donde viva cómodamente en una cueva con el gorila Maxie”.

Muchas voces autorizadas han intentado acallar las babosadas del Paladino e incluso, ha de enfrentar un castigo legal por sus bravatas, pero en el fondo se trata no más que de un sintomático círculo concéntrico que el propio Trump se ha encargado de abonar desde que arrancó su construcción del poder: hablar de odio, infundirlo no exento de miedos e intimidaciones y soltar una ligera sonrisa de satisfacción en cuanto alguien comprueba el contagio.

El sutil comentario de sobremesa, el chiste cargado de acoso y mala leche, o la sobremesa desesperada de quienes ya no temen expresar sus racismos o sexismos, su homofobia y su ignorancia totalitaria, se ha vuelto una nefasta neblina que ha de germinar peligrosamente en los meses por venir. Tanta campaña preparatoria por parte de Trump, Putin y sus homónimos solo ha sembrado con bombas de pólvora y polución, con propaganda de poder y peroratas imbéciles una nebulosa impalpable que ha de volverse tangible a partir del primer mes del año que ya nos llega. Quienes se han sumido en la pena y en el luto por las celebridades fallecidas en el año que hoy intentamos olvidar, quizá descuidan la advertencia de que lo peor está por venir.

Precisamente porque ya están aquí, la única sugerencia posible es el rechazo total a las uvas del odio, no a la vid de la ira ni al rechazo ante la intolerancia, sino boca cerrada ante los muchos bocados que ofrece el contagio. A los paladines de todo totalitarismo se les lidia con el trincherazo del desprecio y los pasos hacia el terreno del silencio, a los enloquecidos neuróticos de la negligencia se les despierta con la debida compasión de la solidaridad callada, ajena a la bilis con la que pretenden arreglarlo todo con violencias verbales y balísticas. A los ignorantes inmensos que desconocen incluso el tamaño real de la frontera que realmente divide a Estados Unidos no solo de México sino del mundo entero, hay que ayudarlos a clarificar la geografía de su limitado entendimiento con el mapa cuadriculado de sus propios barrios, los colores y acentos con los que se habla el inglés diverso y plural en las propias calles donde por vivir como autómatas han obviado la posibilidad de multiplicar bienes sumando tantos males.

Que den ya las doce y que cada quien elija las uvas, pero no es más que sincero deseo de que sean dulces y provechosas; eviten el viñedo contagioso de la fácil reprobación, de la sorna y la saña. Evitemos las uñas largas de la soberbia y el engaño, el ceño fruncido de la frustración y la desidia y guardemos mejor un silencio que quizá pueda durar más de un minuto por el dolor y los deudos, por los que batallan enfermedades y se ocupan de los huérfanos, por los que sin cámaras de teléfono o reflectores de los medios se preocupan por el sustento diario y por la serena posibilidad de dormir para soñar en un mundo tan lleno de pesadillas.

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