Las tres caras del que vuelve

tres-carasYa se dijo en una novela: quien llega a Madrid, vuelve…quién sabe de dónde, pero vuelve. En la ventana de migración se refleja la primera cara del que quisiera declararse madrileño y aún no cuenta con los papeles que lo avalen; en la ventanilla del taxi, la cara con bigotes del gato improvisado que le indica al mismísimo taxista y a su modernísimo GPS la mejor ruta para un hogar improvisado y en el espejo ya de casa, la cara que se quedó a la espera del viajero que siempre vuelve convertido en Otro, aunque siga siendo el mismo.

Una de las caras lleva ya tatuados los recuerdos del viaje que lo alejó de la calle de Alcalá, sus remanentes tropicales y cierto vaivén en el andar. La otra, recupera el paso memorizado de todos los días, la infinita paciencia ante los que estorban en las aceras y preguntan obviedades, la entrañable manera de los madriles al decir que sí con un chasqueo entre dientes y luego soltar un no rotundo con chasquido que sería parecido si no fuera porque viene acompañado por el movimiento horizontal y ligero de la cabeza que lo niega y la tercera cara empieza a contar en euros el antiguo cálculo de las pesetas. Una de las caras anhela seguir comiendo yuca salpicada con limonada de coco, mientras a la otra le urgen callos a la madrileña y gaseosa de zarzuela. Quizá la tercera se jubila con el júbilo del agua directa del grifo y dice en silencio –como dice todo madrileño— ¡ay qué buena es el agua de Madrid!

Las tres caras del viajero que llega se funden en la primera sonrisa que intenta aclimatarse al letargo o a la adrenalina, a las prisas de los corren en andenes vacíos y de los que arrastran las pantuflas al acomodarse en las bancas hospitalarias que hay por toda la villa del oso y del madroño. Las tres caras buscan la confirmación de sus respectivos recuerdos inmediatos, los que se quedan intactos en las fachadas de las casas y en la mirada siempre atónita de los camareros, los niños con gafas, los actores con chistera que hacen fila en la cola del paro, las señoras que se ríen al vacío, los conductores que van hablando solos, los ancianos de gorra y las monjas con hábitos negros. Las tres caras se van aclimatando con el retorno en una clonación de sí mismas para fundirse una vez más en ese paño biográfico que llevamos sobre los hombros y que llamamos rostro.

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