La voz de ‘Lichi’

La voz de ‘Lichi’

Octubre se confundía aún con el verano en Madrid. Sol de calor y pocos vientos parecían confirmar el calentamiento del planeta que dice un loco que es puro invento de los chinos. Se proyectó entonces el documental En un rincón del alma, dirigido por Jorge Dalton —el hijo del poeta—, musicalizado por José María Vitier —el hijo de los poetas— y narrado por Eliseo Alberto, mi Lichi, hijo de poeta. Las escenas de La Habana y la voz que parece clonar palmeras envueltas en el susurro de la brisa embonaban con el clima de este Madrid donde el concurrente azar me permitió conocer a Lichi hace casi dos décadas, sin poder imaginar que, así pasen lustros y décadas, no pasa un solo día sin que lo piense y evoque su voz intacta, los dedos de sus manos ondulando la conversación abriéndose como abanico para cada palabra que hilaba.

En un rincón del alma es un documental que llora y hace llorar. Es la biografía del propio Lichi y también el retrato del grupo de la revista Orígenes —donde se reunían José Lezama Lima, Eliseo Diego, Virgilio Piñera y otros de los grandes poetas y escritores de una isla que de pronto quedó envuelta bajo el telón envolvente de la Revolución: de las heridas y la desilusión, de las cuentas pendientes y la amnesia, de los muchos dolores y las esperanzas habla Lichi en el documental. Es una microhistoria de Cuba en voz de quien la amaba más que nadie, el joven militante que se desencanta de los uniformes en cuanto le dictan la orden de redactar un informe secreto sobre su propia familia, el niño que ve cómo poco a poco se cumple la sentencia increíble de la granja donde algunos animales son más iguales que otros y el documental muestra escenas nunca vistas de un Fidel que habla en ruso ante estadios soviéticos o condena al ostracismo a los jóvenes raros y amanerados que se han reunido en una plaza pública sin miedo a respirar una preferencia sexual que resultó ser contrarrevolucionaria, tanto como el pelo largo o la música rocanrolera del imperialismo… y verlo ahora, sin poder entender cómo los barbudos y melenudos de la Sierra Maestra terminaron siendo apóstoles de las peluquerías o que los trovadores más militantes terminaron por fotografiarse sentados al lado de la estatua de John Lennon. Ver ahora los golpes y las burlas, las razias y las sentencias contra tanto inocente que quizá solo buscaba amar. Será que el tiempo, el implacable, fue el que venció, o será, como dice Lichi, que la historia es una gata que cae siempre de pie y las cosas van cayendo por su propio —doloroso y doliente— peso.

La voz intacta que habla desde la marea contenida bajo los párpados, el humo del enésimo cigarro que lo esfumó, las manos sobre la partitura invisible de un lienzo ajado de la memoria. Aquí los recuerdos y el testimonio de todas las Cubas que caben entre la esperanza y el desencanto, los planes de la utopía y los descalabros de la realidad, la monotonía increíble de los uniformes y el colorido inmarcesible de todas las caderas que marcan tumbao con caminar. Por encima de todo, el tono de reconciliación y abrazo que siempre mantuvo Lichi en sus párrafos y en su imaginación no exenta de memoria, porque profesaba con el corazón la sincera creencia de que los recuerdos de ambas Cubas —la de fuera y la de dentro, la de antes y la del mañana, la de una idolatría y la de otra creencia— de ambas y todas habría de surgir la memoria con la que despierte la transformación total y aún pendiente de esa generosa tierra.

Cada paso del documental como una extensión de sus párrafos, desde Informe contra mí mismo hasta Dos cubalibres, y un eco de los personajes de sus novelas, de los inventos de sobremesa, de las anécdotas de toda una vida que contagiaba con sus palabras, con esa melodiosa memoria que va confundiéndose con la perfecta fotografía y el elegante tino con el que Jorge Dalton armó este mural espiritual con la música de José María Vitier como piel de espuma, sabor de memoria, nubes de un afecto que va creciendo como círculos concéntricos. Son los aros que se expanden sobre el agua de un estanque en cuanto la piedra se ha hundido para que nadie olvide, para que alguien sepa, para que todos vean, para que no se calle ni mucho menos se niegue lo que quedó en recuerdo, lo que alguien filmó, lo que narra Eliseo Alberto, mi adorado Lichi. Al final, Madrid llora ahora el otoño con lluvia y frío. Será que vuelve la indescifrable duda de abrazarte sabiendo que ya no estás.

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