La sombra que se queda

Me permito jugar con el título de la espléndida novela Como la sombra que se va (Seix Barral, 2015) no solo para recomendar la lectura de una joya que le sigue los pasos a quien fuera el asesino de Martin Luther King, sino también porque supongo que su autor, Antonio Muñoz Molina, coincide en que el pastor asesinado hace medio siglo, el orador del alma negra, iluminó su paso por esta tierra precisamente como una sombra que, así pasen los siglos, no se va. Además, el título de la novela —que de veras recomiendo— salió del Salmo 102, que reza: “Mis días son como la sombra que se va/ y yo como la hierba que se ha secado”.

Hierba seca parecía la turba que no se formó frente a Robert Kennedy cuando salió a dar el anuncio, y la multitud que milagrosamente no se incendió en ese instante encontró serenidad precisamente en los versos de poeta que eligió Bobby, y hierba seca comía la humilde mula que jaló el carretón pobre donde llevaron el féretro del reverendo King el día de su entierro, y hierba seca se va pintando sobre el desolador paisaje de este mundo que, a medio siglo, no merece el consuetudinario infierno de tener que escuchar (no se diga padecer) la retahíla de constantes imbecilidades y demencia desatada en el copete ridículo de Donald J. Trump.

Parece cuento fantástico de galaxia lejana evocar hoy, como homenaje, el mundo en blanco y negro donde un hombre solo caminó sobre las columnas y el mármol de la Ciudad Blanca para compartir, ante millones de oprimidos, la esperanza de un simple sueño, y parece mentira que habiendo sido testigos de los dos mandatos presidenciales de un heredero inteligente de aquella lucha pacífica, un líder genial… un negro en la Casa Blanca (ahora que es políticamente incorrecto llamarlo así) que soporta con estoicismo y sabiduría de pastor, con paciencia y fortalecimiento de lector con retórica nada hueca, el renacer que hemos de presenciar en cuanto se esfume en la amnesia esta triste época de estulticia fascista y engreimiento empresarial de un millonario errático, y empresario ignorante que solo apuntala la importancia de la sombra que se queda: la figura de Martin Luther King caminando codo con codo con cientos de semejantes que se enfrentaban cara a cara con las macanas del más rancio racismo y trasnochado sonambulismo, que abatieron con su fe y su férrea voluntad, sin imaginar que la sombra de esa sinrazón también parece haberse quedado en la saliva de los demonios de sabana blanca, cucurucho hipócrita como máscara y antorchas de puras mentiras.

A mi amigo Pete Hamill se le llenan de agua salada los párpados cada vez que narra la ocasión en que lo enviaron como reportero estrella a entrevistar al doctor King en Alabama, poco antes de ser acribillado hace 50 años. Como todos, Hamill se conmueve con el profético discurso que verbalizó King —sosegada y conmovedoramente— la víspera de su sacrificio en algún lugar cercano a Memphis que bien podría llamarse Getsemaní. Pero sobre todo al gran periodista Hamill lo que nunca se le borra es la sombra de Martin Luther King descendiendo del automóvil en medio de una carretera que había sido bloqueada por miles de sus seguidores, en pacífica protesta ante la inmensa injusticia con la que ponían en evidencia que así pasaron 100 años de la Proclamación de Emancipación promulgada por Abraham Lincoln seguía palpable –tal como hoy— la negra sombra del racismo yanqui que tanto daño hace a la humanidad entera.

Iban en un viejo carro de esos que, creo, solo quedan ejemplares en Hollywood o en La Habana, y a la multitud parecía no importarle la amenaza añadida de una negra tormenta que se formaba en un hato de nubes negras que cubría el cielo como un manto de periódico mojado. Cuenta Hamill que en el momento en que King descendió del automóvil, se abrieron en círculo los fieles cientos que rodeaban el coche y se abrió una ventana en el cielo; al quedar iluminado en medio de una generosa luz, un poderoso rayo del mismo Sol que ha de brillar mañana mismo, un anciano negro, apenas nieto de esclavos del Sur profundo, le dijo a Hamill: “Ahora sabes por qué le decimos Señor” —lord en inglés—, como el nombre con el que se conoce al humilde hijo de un carpintero de Nazaret, y como callada letanía de la sombra que se queda cada vez que alguien procure enfrentar el necio imperio de tantas mentiras y abusos que nos amenazan como constante tormenta, con la sencilla y apabullante fuerza de la palabra inteligente, la idea imbatible y la fe inquebrantable.

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