La sombra de una palmera

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El hombre que dicen murió el viernes 25 de noviembre, para que la fecha coincidiera con el aniversario de su viaje en el Granma; ese hombre que nació en medio de un huracán que había surgido como tormenta tropical, es el mismo que fue concebido por puro azar al ir su padre en busca de un caballo robado, dejando esposa, hijos y otro hogar, y encontrarse con una yegua de apellido Ruz, que habría de darle una nueva prole. Decía Eliseo Alberto que Fidel Castro se iría en viernes “para echarle a perder la borrachera a los periodistas y dar batalla al enemigo hasta el instante final”, y se le cumplió, así como, con tanta conciencia tranquila, a Lichi se le cumplió confirmar el verso de su padre: “La eternidad por fin comienza un lunes”.

No pasará lo mismo con el hombre que normalmente vestía de verde olivo, que luego cambió por uniformes deportivos de venezolanos coloridos, el de la barba ya sin puro, el de la quijada desencajada y la mirada hundida en la tranquila impunidad de sentir y convencerse de que “la historia lo absolvería”. Ni enterrándolo el día de Santa Bárbara —Changó en el sincretismo religioso…

En la Sierra Maestra, el hombre decía que lo único que extrañaba de su vida anterior eran las malteadas de vainilla —y así, al entrar en La Habana y confirmar que lo primero que se le antojó fue una malteada de vainilla, no tardó mucho la CIA en prepararle una con cianuro, que milagrosamente no funcionó. El hombre, que ya se sabe exactamente dónde dormirá enterrado, sobrevivió a casi mil intentos por asesinarlo con puros explosivos, ensaladas envenenadas e incluso una pluma atómica con una sola bala que, decían, había sido inventada para asesinar a Francisco Franco, el otro gallego, el otro dictador que tantas simpatías compartía con el hombre al que hoy ya no hay paloma que se le pare en el hombro.

Fidel se había convertido en su propia momia, y hay una clara diferencia de contrastes y contradicciones entre la figura del barbudo en blanco y negro que signaba tantas utopías, y el robusto dictador en technicolor que jugaba al ajedrez con el mundo como tablero. Hay un abismo entre el doctor de gafas que preparaba una cierta estrategia en la selva con el Che y Camilo como arcángeles, y el anciano que miraba absorto el espectáculo de los delfines en el acuario de La Habana —delfines amaestrados y cuidados, irónicamente, por una nieta del Che.

Es tiempo de ponderar y reconciliar, de esperar a que las causas de tanto dolor y desamparo, y la adrenalina enfebrecida de tanto fanatismo, se sienten a la sombra de una palmera y juntos bailen una rumba sobre una tumba, que cubanísimamente pongan en claro la verdadera definición de ese maravilloso país, la dimensión galáctica de la isla que flota incólume en medio del Caribe, así le pasen por encima los vendavales de los huracanes o los vientos desatados de los huracanados empoderados.

Ese hombre que encaró a Estados Unidos fue el niño que desde la primaria escribió una carta a Franklin D. Roosevelt para pedirle un billete de diez dólares —y recibió una carta firmada por el mandatario donde le decía que no podía enviarle dinero a un niño cubano por razones de protocolo—, y luego el joven que lanzaba desde la loma del diamante sagrado del juego de béisbol y que llamó la atención de un veedor de los Senadores de Washington… Y uno se pregunta qué hubiera pasado si el huracán hubiese matado a la madre en el parto, o si alguna fisura en el Granma ahogara las esperanzas de tanta gente buena junta que deseaba que los barbudos derrocaran a su dictador en turno, y qué hubiera pasado si le manda Roosevelt los diez dólares, o si hubiera ganado tan solo un par de partidos de las Grandes Ligas, allá en el Yankee Stadium…

Dice Lichi: “Los cubanos nos pasaremos el resto del siglo XXI tratando de condenarlo o perdonarlo, mientras borramos apresuradamente las huellas de sus botas militares en la arena de una historia que ha dejado a nuestro sensual país partido en dos por los rayos de la intolerancia y el abuso de un poder sin límites, la isla en un naufragio y la nación en una profunda, acaso insalvable, bancarrota”… Y con el nefando monstruo de la piel naranja y los pelos de elote, poco prometedor se avista el huracán que ha de llegar ahora sobre Cuba, aunque deseo de corazón que no sea más que la confundida lluvia de tantas lágrimas divergentes, de quienes le lloran al bronce y otros, no pocos, que lloran la sombra de tanto muerto, desaparecido, torturado, vejado y censurado.

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