La sombra de Franco

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Un demente en Dinamarca, políglota y enflecado, aseguró con dudosa confianza que “en España sigue presente la sombra de Franco”. Ya entrado el siglo XXI, la declaración merece atención médica, no solamente porque una generación feisbuquera ya tiene al viejo dictador empotrado en la vitrina de los carcamanes, sino porque la mentada sombra no se ve ni en la acera del costado de los Nuevos Ministerios donde en un ayer cabalga su enana majestad sin palio. Al generalísisimo de la voz tipluda no se le ve la niebla en la España de hoy, a pesar y más allá de los gazapos, tropiezos y errores del respectivo gobierno; una cosa es denostar la errática política de la nulidad y otra, pisotear a un país plural e incluyente, ajeno a la pena de muerte, hospitalario hogar de millones de migrantes, seguridad social y quién sabe cuántos pros intacahables, a pesar de inevitables contras ligadas al cáncer de la corrupción.

El demente en Dinamarca olvida que la saliva de la cerrazón e intolerancia, el placebo de la mentira como garante de libertades y los bulos de la propaganda que conformaban la sombra del caudillo cuando sopeaba madalenas al tiempo que firmaba sentencias de muerte es un coctel mucho más cercano a la rabia con la que la estelada niega los vuelos de cualquier otra bandera, la estulticia con la que millones de personas ilusionadas se han cegado ante la estela de corruptelas y la descarada artimaña de disfrazarse de libertarios los hijos y nietos de la rancia y casposa burguesía catalana que extendían los brazos para celebrar cada visita de Franco y sus sombras.

No se le ve en la sonrisa entrañable de miles de españoles que abren los brazos con el mínimo saludo y no se le ve en las fachadas de los viejos edificios que han sido reformados para que precisamente se les borre la sombra de sus viejas mazmorras; no se le ve en las monedas de uso ni en los cafés o mercados donde se ejerce la libertad de reunión y expresión. Esa sombra sólo se observa en la memoria viva de los miles de muertos y en la herencia trasatlántica de los miles de hijos del exilio que huyeron de esa tiniebla y han vuelto para celebrar precisamente su ausencia. Eso que tanto obsesiona al demente en Dinamarca se proyecta nítidamente en los charcos de Bruselas o en el fango que dejó olvidado en un callejón de Barcelona: es la engañosa imagen del espejo donde cualquier mentiroso se topa de pronto con su propia sombra.

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