La nube lila

jorge f. hernandez la nube lila

Basta que dos madrileños detengan de pronto su camino para que en ese instante se trastoque el orden secreto del Universo entero. Para envidia de fuereños y viajeros efímeros, de pronto se hace un silencio cuando por un casual cósmico e inexplicable una invisible neblina lila hace que se detenga de pronto el paso cansino del burócrata cansado o el arrastre de la intemporal ama de casa que vuelve de la frutería con el carrito repleto de verduras. El fenómeno es transgeneracional y consta que también se ejerce entre jóvenes que parecen deportistas o mujeres de traje sastre empresarial con tacones de media punta: algo les viene a la mente o se les aparece intempestivamente en medio del vacío y a todos los que vienen de lejos se les despierta —no sin envidia y aumentada curiosidad— una urgencia por querer ver lo mismo que ven los abducidos por la morada niebla.

A veces parece que han olvidado algo en el consultorio de un podólogo o, por el contrario, han recordado intempestivamente la mejor receta para capear boquerones en casa, pero lo cierto es que se trata de un lapsus de muy pocos segundos en donde poco importa si el catatónico estorba el flujo de los demás pedestres. En el andén del metro, cumplidos los prometidos minutos para que hiciera su entrada el moderno tren o en las puertas mismas del autobús (habiendo dado el paso a los mayores), llega de pronto la nube lila y sin que provoque un cambio en los gestos —y sin despeinar a nadie— se abre ese minúsculo vado en el tiempo con lo cual todo fuereño se pone a conjeturar: ¿será que de pronto Benito Pérez Galdós ha enviado un mensaje del más allá, o acaso será posible que esa dama octogenaria acaba de entender perfectamente los resortes de la crisis política que mantiene a España sin Gobierno?

Al parecer, el paréntesis en Babia no tiene tintes religiosos, aunque habrá catedráticos que finquen sus raíces en las antiguas visiones de los iluminados por la gracia, pero ese minúsculo espacio de eternidad en donde quedan en vilo los caminos de más de un habitante confieren a Madrid uno más de sus encantos. No desesperéis ni os saquéis de quicio —diría un manual decimonónico—, solamente se trata de una nobilísima expresión de quienes andan a sus anchas, los que caminan sin importarles rozar los codos ajenos, visionarios de algo mucho más ideal que todo bulto que les cruce por delante de su vista y por ende, etimológica confirmación de las personas que van a su bola, aun cuando van en bola.

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